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Es lunes, son las cuatro de la tarde y está a punto de terminar la feria de ganado habitual en Guernika. Es el 26 de abril de 1937 y han pasado ya nueve meses y ocho días desde el comienzo de la guerra civil. Manuel se ocupa en ese momento de retirar al carro los sacos de pienso que no se han podido vender en la jornada; lo hace con la ayuda del chico alojado en la vivienda. En realidad es una forma de tener entretenido al chaval. El resto de la familia, incluido el anciano, están en casa, en la barriada de Rentería junto al puente.

El ruido y alboroto de la calle es más que considerable; habitual en los días de feria. Todos quieren vender caro y todos quieren comprar barato.  Aportan a sus argumentos para convencer, la potencia de sus voces.

Voces que quedan silenciadas al comienzo del sonido de las alarmas. La junta de defensa ha ubicado un vigía en lo alto del monte Kosnoaga; éste hace señales que percibe otro situado en lo más alto del campanario de la iglesia Santa María, inmediatamente suenan las campanas; es el aviso para el resto. Se suman las sirenas de aquellas fábricas que las tienen. Esto salva algunas vidas.

Hay que tener un buen oído para captar cualquier sonido lejano si estás en medio del rugir de las sirenas y Manuel lo tiene. Siente inicialmente un extraño ruido, como un ronroneo algo lejano; no es un ruido totalmente ajeno o desconocido. Poco a poco se incrementa y vislumbra a lo lejos, viniendo del sur, volando como dragones con vocación mortífera, un grupo de aviones, cuatro en total; tres Savoia S-79 italianos y un Dornier Do-17 alemán que rápidamente se acercan hacia la localidad. A los pocos segundos el silencio del mercado es total, nadie habla, todos miran sorprendidos hacia el cielo; solo se escucha ya ensordecedoramente los motores en el aire mezclados con las sirenas.

A Manuel le llama la atención lo bajo que vuelan —no es normal— piensa. Y en pocos segundos toma conciencia de lo que se avecina.

Cruzan Guernika casi rozando el campanario de la iglesia de Santa María, escupen su mortal veneno en el primer desfile y se alejan. A los pocos minutos son sustituidos por tres bombarderos He-111 alemanes, escoltados por varios cazas; se alternan durante cuatro horas dejando un espacio a las seis de la tarde para diecinueve JU-52 también alemanes que intercalan las bombas explosivas con las incendiarias, dando paso finalmente a cinco cazas Fiat y cinco Messerschmitt BF-109 de la Legión Cóndor, cuyo objetivo último es el ametrallamiento de civiles dentro y fuera de la población. Se tenía conocimiento de estas prácticas ya utilizadas dos meses antes; en febrero ametrallaban en el sur, a refugiados civiles que huían en columna por la carretera entre Málaga y Almería.

Al final del macabro desfile, han quedado destruidos el 70% de los edificios.

Explosiones, fuego, ruinas… Horror, sangre, muertos.

Ya no miran al cielo, huyen desesperadamente buscando refugio donde pueden; solo hay un antiaéreo perteneciente a la fábrica de armas Astra y es a todas luces insuficiente. Tras el desastre de Durango, a marchas forzadas se había decidido preparar lugares de protección antiaérea para civiles; pero es imposible, no ha dado tiempo. La primera reacción es protegerse en los portales; ponerse bajo cubierto. Peor; caen sobre sus cabezas toneladas de escombros. Corren desesperadamente en todas las direcciones. Manuel es testigo de la caída de una cornisa que aplasta literalmente al muchacho que ese día se ofreció para ayudarle; intenta retirarlo de los escombros, pero comprueba que ya es tarde, tiene la cabeza destrozada y además… Él tiene que huir, no sirve de nada arrastrar un cadáver. Corre, corre alocadamente hacia su casa; necesita encontrar a los suyos, quizás necesiten de su ayuda…descarga (2)

—¡Oh Dios! ¿Qué es esto?

La respuesta a esa pregunta angustiosa y desesperada se la podrían dar desde los despachos del alto mando militar; pero sus moradores, nunca dan explicaciones, a lo sumo tergiversan las causas para justificar su empeño destructivo, son vanidosos y prepotentes. Juegan a señores de la guerra y amos del universo. Años después se leería en las declaraciones del mariscal alemán de la Luftwalfe, Hermann Goering juzgado en Núremberg que declaró…

La guerra civil española dio la oportunidad de probar mi joven fuerza aérea y ayudar a que mis soldados adquiriesen experiencia.

En su desesperación, Manuel, esquivando escombros y cuerpos mutilados se acerca a la barriada de Rentería y comprueba para su tranquilidad que las casas cercanas al puente, aún se mantienen en pie. Cruza con cientos de personas que corren caóticamente en todas las direcciones, como un grupo de hormigas después de haberse roto su formación de trabajo.  Se acerca la segunda andanada de bombardeos; él, ya está llegando a su casa y teme lo peor, que en esta ocasión las bombas caigan sobre las casas aún intactas; pero incomprensiblemente, éstas vuelven a librarse de la locura. Llegando al portal se cruza con el anciano que camina lentamente en dirección contraria, tiene la vista perdida en ninguna parte; éste no lo ve, pero Manuel intuye que camina en busca de su nieto; por unas décimas de segundo, lo quiere retener pero es más fuerte la ansiedad por localizar a los suyos y lo deja ir… Además piensa —¿Qué le voy a decir?

Sube de tres en tres los escalones hasta el tercer piso; le falta el aire para respirar, el esfuerzo en la carrera y la desesperación han sido bestiales. Entra en la vivienda…

—¡Luisa, Luisa!

—¡Papá! —Oye la voz de su pequeña Josefina— ¡Estamos aquí!

Acurrucados los cuatro en el dormitorio y por decisión de la madre, alejados de la ventana y sentados en el suelo, los encuentra hechos un ovillo.

—Luisa… tenemos que salir fuera. ¡Vamos, vamos!

—¿A dónde? —Pregunta la mujer abrazando aún más fuerte a sus niños y con el pánico en la voz.

Para Manuel no hay tiempo ni respuestas. Solo hay urgencia y desesperación.

—No lo sé, pero vámonos ya mismo.

Con una mano eleva al pequeño Lucas y con la otra ayuda a su mujer a levantarse.

Josefina y Andrés ya están en la puerta y en un minuto los cinco salen al exterior.

—¿A dónde vamos? —Vuelve a preguntar Luisa.

—Fuera, fuera de aquí; joder… Lejos de las casas.

El descampado es la solución; ven correr en esa dirección a muchos vecinos. Hay que alejarse de la zona de bombardeos y hacia allí se dirigen.

Cruzan el puente y cuando se han alejado unos cien metros, por primera vez, Manuel oye el ruido lejanamente familiar de las metralletas; mira hacia atrás y comprueba con terror que éstas proceden de una nueva tanda de aviones que hacen su presencia con el objetivo de disparar contra todo lo que se mueva. Y lo que se mueve son personas también en los descampados. Objetivo fácil de los cazas italianos y alemanes que como aves carroñeras en busca de su presa, barren las calles rotas de Guernika sin resistirse a la tentación de buscar objetivos también por las afueras.

—¡Debajo del puente! —Grita Luisa, asumiendo por un momento la decisión de dar salida al infierno que los rodea.

—¡Al puente! —Acepta Manuel tras unos instantes de indecisión.

 

Han pasado casi tres horas desde el último rugido de los aviones, es de noche y brilla una espléndida luna. Suben a lo alto del puente y desde allí perciben que al menos el edificio donde viven, parece haberse salvado. Garbancito duerme en brazos de su madre y los otros dos niños se han portado heroicamente; son animados y felicitados por su valentía.

—No olvidéis nunca esto, hijos míos. —Comenta Manuel emocionado.

—Quizás sería mejor si pudieran olvidarlo —Piensa Luisa— Pero se reserva. Sabe que la amnesia no ayuda a sobrevivir; es una forma de engaño.

Al día siguiente, con los restos de los restos que recogen en su improvisado hogar, continúan su interminable evacuación, esta vez destino a Bilbao. Antes, Luisa sin ninguna compañía —Manuel se queda con los chicos y además no quiere ir— acude a despedirse y abrazar a su hermano y cuñada que milagrosamente han sobrevivido, no así, la carpintería y la vivienda; están sin techo y desolados.

—Venid con nosotros —les invita.

Pero prefieren quedarse allí. Dicen no tener otro destino ni nada que ocultar

—Ya sobreviviremos; aquí se ha acabado la guerra.

A las veinticuatro horas, los militares sublevados, toman posesión de las ruinas. Se ha salvado La Casa de Juntas y el mítico árbol. El general al mando del ejército del norte, Emilio Mola, había dado la orden de proteger los símbolos forales. Quizás era su forma de tranquilizar la conciencia.

Dos días después, ya en la capital bilbaína; leen en algún periódico la versión oficial dada por los militares del bando nacional sobre los bombardeos de Guernica.

Son falsas las noticias transmitidas sobre el incendio en Guernika… Nuestros aviadores no han recibido ninguna orden de bombardear la población. En su deseo de contener el avance de nuestras fuerzas, los rojos lo han destruido todo y acusan a los nacionales de sus horrendos crímenes. Mienten y mienten; en primer lugar, no hay aviación alemana ni extranjera en la España Nacional; nuestros aviadores luchan contra los aviones extranjeros pilotados por rusos y franceses. En segundo lugar, Guernika no ha sido incendiada por nosotros. La España de Franco no incendia. La tea incendiaria es monopolio de los que quemaron Irún, Éibar o Durango y de los que quisieron quemar vivos a los defensores de Alcázar de Toledo.

 

EXTRACTO DE LA NOVELA “TODO COMENZÓ CON ESA MALDITA GUERRA