«Los niños, previa identificación de credenciales, suben al barco. El aire se carga de sentimientos y emociones incontroladas. A los padres, sin saber cómo despedirse de quienes lo son todo en su vida, desconociendo cuándo y cómo será el día del reencuentro les explotan sus sufridos corazones. Las turbinas y motores del Habana se han puesto en movimiento. El barco, amarrado por estribor, poco a poco comienza a separar su pesado tonelaje del muelle portuario. Los padres abajo, en tierra; los niños arriba, en el buque. Miles de manos se elevan, unas firmes, otras temblorosas, todas diciendo adiós. Miles de besos se lanzan con esas manos, saludos y besos que se cruzan en el aire».

 Allí, en Santurce estaba mi madre. Allí se despidió de sus padres —mis abuelos—. Once años tenía la niña,  diecinueve de exilio le esperaban. Con ella, sobre el Habana su hermano con dos años menos. Ante sus padres, Carmen Barrera, Carmencita, había prometido cuidar del travieso Alejandro —no nos separaremos nunca— fueron las palabras de consuelo de una niña a una madre llorosa y temerosa. Dos de sus cuatro niños huían de los bombardeos, de la guerra, aun así, el futuro era incierto.

Leningrado, Kiev, Moscú… Años alejados de sus raíces, años de espera para el regreso, para un calor familiar que no se recuperaba. Aun así, años de ventura para unos niños víctimas de la barbarie dejada atrás. 

Nada estaba escrito cuando en el Habana, por los mares del norte navegaron hasta la bella Leningrado. Tampoco estaba escrito —aunque se intuía—, que una barbarie aún de mayores dimensiones estaba por llegar. Los alemanes invadieron Polonia, invadieron La Unión Soviética; mi madre y mi tío, al igual que cientos y cientos de niños españoles, se convirtieron en prioridad de protección para las autoridades. Huyendo del frente de batalla de Stalingrado fueron desplazados hacia Siberia. En el retroceso, con tristeza, Carmencita reflexiona: —Y si también llegan hasta allí…, en Bilbao huyendo de los bombardeos nazis; aquí en Rusia, lo mismo. Siempre poniendo tierra de por medio. Siempre con la maldad pisándome los talones—.

En el traslado ferroviario, muy cerca ya de Ufa, en los Urales, llegó la gran tragedia para los hermanos Barrera. En una parada de estación, en vía muerta, con apenas catorce años, Alejandro fallecía de un cólico con manzanas inmaduras; estaban a 20 grados bajo cero. Carmencita no se sentía culpable de la tragedia y, sin embargo… Tenía prometido a los padres cuidar del travieso Alejandro. Años tardó en comunicarlo por carta; no se atrevía a hacerlo.

Derrotados y expulsados los alemanes, la vida mejoró. Mi madre, con estudios universitarios en Moscú se tituló en ingeniería. Siempre con la esperanza de regresar a España la vida seguía su ritmo, sus derroteros. Un buen día, corriendo el año 1956 (yo por entonces tenía cinco años, diecinueve habían transcurrido desde el embarque en Santurce), pisábamos tierras levantinas. De allí, de regreso a Rentería. Una nueva vida se abría cargada de no pocas dificultades. La menos azarosa, incluso simpática, es que don Roberto, el párroco del pueblo, al amparo de la obligatoriedad obligó al niño Vladimir a rebautizarse, en esta ocasión por la religión católica. De nada sirvió el razonamiento de mi madre, de que ya lo estaba por la ortodoxa. Siempre digo que, aun no siendo creyente, tengo el cielo ganado por partida doble.

El pasado 23 de abril, errante durante muchos años, una nueva estrella alumbra el firmamento (las tengo contadas). De sus narraciones, un día, con el seudónimo de Josefina, me atreví a escribir su historia. Es bueno, es necesario que sus nietos, en este caso incluso bisnietos, la conozcan y no la olviden. Descanse en paz.

                     Vladimir Merino Barrera

14 comentarios sobre “-RECORDATORIO A UNA MADRE

  1. Te leo y me identifico. Te entiendo pq transitamos por el mismo sendero.
    Cuando tengas cinco minutos busca «simplemente la vida de Nieves Cuesta» y te agradecería contacto. Lamentamos, el plural no es casual, tu enorme pérdida… estás en el corazón d nuestra asociación.
    Un abrazo.

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  2. Se me encoge el corazón por esa niña, que sobrevivió a tantas crueldades. Pero tú le honras con tus relatos y nos ayudas a unos a no olvidar y a otros – los más jóvenes – a conocer hechos semiocultos, semidormidos en nuestra memoria.
    Gracias.

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