¿Y si entre tanta desgracia, a alguien de mi familia le había tocado? ¿Acaso a mi pequeño Manolito? Diez años tenía cuando el golpe de estado. En el presidio de Pamplona, en el Fuerte de San Cristóbal los había con dieciséis, diecisiete… Sí, el no saber nada, eso era lo más doloroso, como un puñal clavado en lo más hondo del sentimiento. Luego, al terminar la guerra todo se suavizó un poco; por fin se pudo establecer —aunque muy censurado— algún tipo de carteo. Fue como una ventana al exterior, a la esperanza y, sí, también al futuro, ese que nos había estado prohibido. Ya no me importaba tanto si Franco había ganado o perdido, si la República estaba viva o muerta. Esa fue mi debilidad, mi mayor concesión. También, el principal triunfo del Dictador sobre mi persona.

Me habría gustado que todo fuera un sueño, un mal sueño, una pesadilla. Me habría gustado despertar en Benalmádena con el amanecer de la hermosa y rojiza bola de fuego aflorando en el levante, tras el Mediterráneo. Me habría gustado asomarme a la ventana, captar el olor a jazmín junto a la puerta, el frescor de la mañana anunciando un nuevo día. No fue así.

Estos pensamientos, estas memorias eran mi munición, con ella combatía las miserias del presidio. Ese recurso, esa imaginaria ilusión me daba fuerzas. Sabía, o, al menos así necesitaba creerlo, algún día regresaría a Andalucía, a mi querida Málaga. Era mi antídoto, mi clavo ardiendo al que agarrarme. Ahí residía mi coraje. A ojos y oídos invasores, ahí ocultaba mi fortaleza. David contra Goliat.

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