Dícese del Marqués de Grabal, del cual poco sabemos, pues poco nos ha dejado escrito la historia, que fue quien, con el acertadísimo nombre de «Calle del codo», allá en los albores del siglo XVIII bautizó a la discreta y poco rumbosa calle del castizo Madrid de los Austrias. Se me hace que no debió ser de suma exigencia el estrujar la sesera para llegar a tan apropiada definición. Quien sabe sí, y para el caso, no fue esa pereza mental la causante del triste devenir para tan importante título nobiliario. Pero…, y sin desviarnos del objetivo, será conveniente que, dejando de lado al Marqués, dediquemos lo que sigue a la calle que nos ocupa.
Lejos de representar una gran avenida, la del Codo, angosta y oscura de por sí, apenas alcanza los setenta y cinco metros de enlosado. Una de sus características —y acertado es reconocerlo— que debió dar nombre a la calle y los paseantes podrán comprobar, reside en el quiebro o «codo» con la formación de un ángulo recto en mitad de su desarrollo. También, que la calle no siendo especialmente bella y rumbosa, alberga algunas, si no secretas, sí al menos curiosas casuísticas apenas conocidos y que merecen nuestra atención. Detengámonos en tres de ellas.
En las primicias de su desarrollo, haciendo esquina con la Plaza de la Villa, se alza, aunque sin mayor gloria arquitectónica, la Torre de los Lujanes, residencia en un tiempo del «contador mayor del reino» y, posteriormente, por el «camarero del Rey». Aunque hoy alberga algunas oficinas de diversa índole, tiempos pasados marcaba el inicio de los exteriores de la ciudad, habiendo sido, según nos narra la historia —también con algunos claroscuros—, lugar donde, tras la batalla de Pavía y en calidad de perdedor ante las tropas germano-españolas del Emperador Carlos V, se mantuvo prisionero al Rey de Francia Francisco I, llamado también Rey Guerrero.
Al otro extremo, el paseante encuentra la residencia de las Jerónimas, Convento de Corpus Christi. Según se narra, desde el siglo XVII y, procediendo en un sótano de las cercanías a la carga o descarga de carbón, fue hallado un cuadro de la Virgen Inmaculada, abandonado él, enmohecido y afeado como correspondía a las circunstancias. Ante la sorpresa y desajuste producido por el hallazgo, que mejor destino —debieron de pensar los obreros— que regalarlo a las hermanas Jerónimas. Es pues desde entonces, que el lugar se ha dado en conocer por el «Convento de las carboneras».
Pero si en algo ha de destacar la transcendencia llegada hasta nuestros días, así como la importancia que aquí nos ocupa, obligado es, además de los duelos entre caballeros que allí se practicaba, con la presencia entre otros del mismísimo ‘Capitán Alatriste’, mencionar la nocturnidad de su vida callejera. Veamos:
Se dice que en el siglo mencionado la Villa de Madrid albergaba la nada desdeñable cifra de ochocientas o más castizas tabernas. Refugio y lugar de encuentro de gentes de todo tipo, desde los del mal vivir y pendencieros, hasta los poetas e ilustres personajes coetáneos del mismísimo Cervantes. En el transcurrir nocturno y, por su discreción, por la calle del Codo transitaban cuantos discretamente y, necesitados de evacuación por los excesos tabernarios, encontraban allí el lugar idóneo para miccionar ante el muro o pared apropiada, algo que, como es de suponer, ni para los ilustres residentes de la Torre de los Lujanes, ni para las ‘jerónimas’ monjas del Convento de las Carboneras, sería de su agrado.

Narran también los escritos que nuestro algo pendenciero y poeta Francisco de Quevedo, conocido en los habitáculos por su abierta disposición a las tertulias elevadas de tono las más de las veces —como bien sufría su colega Luis de Góngora— y, siendo habitual al trajín tabernario, acompañado quizás de pícaros, sicarios, gente de dudosa reputación…, consideraba de derecho para la obligada evacuación de líquidos, recurrir a los mencionados muros, bien fueran encalados, o bien de ladrillo visto, que de todo habría.
De tal angustia y desabrido olor debía ser el sufrimiento del mencionado vecindario, que alguno de ellos, dispuesto a poner fin a semejante agravio contra la salubridad y buena prensa de la calle, optó por el decoroso a la vez que cristiano recurso de dibujar en la pared un crucifijo, acompañado este del reflexivo mensaje donde se decía: «No se mea donde hay una cruz».
Nuestro poeta, haciendo uso de la agudeza verbal propia de un carácter difícilmente domable, dispuesto además a no dejarse amedrantar por recursos de orden religioso, con un escrito adjunto al primero, replicaba: «No se coloca una cruz donde se mea».