Hubo un Papa de Roma llamado Formoso del que poco se ha hablado y, sin embargo, causas y motivos no deberían faltar para, de su historia recuperar una de las comidillas más ingeniosas y extravagantes de cuantas a lo largo de los siglos papales y, a pesar del rigurosamente aplicado ‘Damnatio memoriae’ (en versión menos latinizada, ‘condena de la memoria’), nos ha quedado dicho y escrito. Veamos:

Fluía el siglo IX y, con él, sin apenas cortapisas, más bien a porrones, en reinados diversos, así como en pontificados de variado origen y originalidad, manaban a la par prebendas y gangas. Reyes y emperadores, aliados o, según la causa e interés, desquiciados con el Papa de Roma, bien pujaban por su alianza, bien si el caso lo requería, concursaban por su destitución. Y eso, claro está, sin olvidar que, con su sabia bendición a tres dedos erguidos y el meñique contraído, el Papa ponía y quitaba reyes. Y aquí sí, aquí es donde recuperamos la historia del 111º Papa, llamado Formoso.

En las caudalosas y mansas aguas del río Tíber, hallábase un anciano pescador con su anzuelo y cebo en busca de una preciada trucha o, si acaso, un barbo gitano, cuando bien entrado ya el atardecer romano y con escaso premio a tan paciente ocupación, ocurrió lo imprevisto, lo nunca visto. El viejo, asustado, corrió a dar aviso al alguacil más cercano, y es qué, ni trucha ni barbo, de lo que del hilo y enganchado al ropaje tiraba el pescador, era ni más ni menos que el cuerpo —eso sí, ya algo fermentado— de un hombre con atavíos papales. Es de suponer que el susto, así como el chisme por los barrios de Roma debió ser mayúsculo.   

Desde su nombramiento en el año 866 como obispo de Porto (diócesis situada junto a la desembocadura del Tíber), Formoso, bajo la bendición del Papa Nicolás I, gustó de irrumpir en la cotidianidad política. Marrullero o medrador, o acaso ambos, trapicheó lo que pudo y cuanto a su alcance estuvo para ganar poderosos aliados, también, siendo la otra cara de la moneda, ingentes enemigos. Así, habiendo tomado partido por Arnulfo de Carintia —bastardo de la dinastía de Carlomagno— y aspirante a emperador, fue expulsado de la diócesis y excomulgado por el Papa Juan VIII, asesinado a su vez en el año 882.   

Siendo que los vientos van y vienen, amainan o arrecian huracanados enloqueciendo las veletas, el obispo Formoso desde el refugio de Lombardía y bajo el protectorado de la corte de Guido de Spoleto, medrando lo necesario, ni un gesto inapropiado ni una palabra de más, consiguió del Papa Marino I el levantamiento de la excomunión y recuperación de la antigua diócesis. Para el obispo fueron años de sosiego y cálculo en su carrera de ascensos eclesiásticos. Tanto es así que, tras el pontificado del efímero Adriano III y de Esteban V, al fallecimiento de este último, en el año 891 Formoso ascendía a la máxima autoridad vaticana.

Y aquí sí, aquí por designios reales y contubernios romanos, la tranquilidad y el compadreo cedieron una vez más protagonismo al libre albedrío de los conspiradores. El Papa, lo mismo era hecho prisionero y recluido en el castillo de Sant Ángelo por las huestes invasoras que, a los días y con mejores vientos, era liberado con la satisfactoria recuperación del trono de San Pedro. Así hasta su fallecimiento. Tiempo y consecuencia final donde, esta verídica historia terminará su exposición con los hechos de un concilio tan original, como sin duda, poco ortodoxo; dando con ello pie y justificación al título de este relato:  CONCILIO CADAVÉRICO.

Ochenta años tenía el Papa Formoso el día que fallecía tras ser envenenado. Para unos, gran y piadoso Papa; para otros, traidor a Roma y aliado del diablo. Su sucesor, Bonifacio VI, veleteando con las intrigas palaciegas, transitó de la fidelidad a Formoso, a una posterior alianza con sus detractores y asesinos. Entre los tributos a pagar: condena pública con solemnidad del derecho eclesiástico, juicio ante la curia papal y con presencia de todos aquellos que tuvieran algo que decir de la política romana. También —y aquí llega la sustancia—, habiendo transcurrido nueve meses desde la muerte, con presencia en cuerpo (que no en alma) del difunto Formoso, aunque para ello, claro está, sin remilgos ni ataduras, hubiera que exhumar el objeto de la causa. Naturalmente, le fue designado un abogado de oficio y, por respeto a su persona, para el caso resultó ataviado con sus propias prendas papales y sentado en el correspondiente trono. Siendo declarada nula su elección como Papa, entre otras revocaciones a su actuación como mediador entre la divinidad y los humanos, el sínodo abolió todos sus nombramientos y actuaciones vaticanas. Tras el veredicto, le fueron despojados los ropajes y amputados los tres dedos con que, en el Urbi et orbi, impartía sus bendiciones para el resto del mundo.

Aclarado el litigio, con el dictamen irrevocable —aunque como se verá, no eterno—, y a efectos de mantener en el olvido su tránsito papal dificultando a sus seguidores el culto y peregrinación a la tumba, sus restos fueron depositados en un lugar conocido en exclusiva por el Vaticano. Poco duró la mala prensa, apenas unos meses. En el ir y venir de los siguientes papas, Teodoro II con un breve pontificado de solo dos meses, rehabilitó a Formoso, depositando sus restos en la Basílica de San Pedro. Y, cuando parecía que los retales del maltrecho Papa descansarían en paz, he ahí que Sergio III proclamado Papa el año 904, volvía a tomarla con el cadavérico y ya bien zarandeado Papa Formoso.

—¡Las cosas claras! debió considerar. Si es necesario convóquese un nuevo juicio. Dicho y hecho. Veredicto y sentencia. Nada de enterramientos y desenterramientos. Deseando poner punto final a tanto ajetreo cadavérico…, que la corriente del Tíber haga el trabajo de purificación y más en particular, de eliminación.

Para nada las crónicas hablan del supuesto pescador de truchas y pargos en el río Tíber, tampoco del alguacil cercano al acontecimiento. De ellos, nada queda registrado, tal vez por desidia del historiador, tal vez por aplicación estricta del Damnatio memoriae, fueron también silenciados. No importa, aquí corre algo de leyenda, aunque se dice que, entre el pescador y el alguacil, dieron cristiana sepultura al ya desvencijado cadáver y, años después, en otro nuevo trajín, parece este que definitivo, los restos fueron recuperados. Para los siglos, descansan en el Vaticano en compañía de unos colegas papales, no siempre afines.

En la vida, para todos, incluso para los papas, nada está escrito, ni siquiera para los nueve papas que tras la muerte de Formoso se sucedieron entre los años 896 y 904 —al menos uno por año—. Ni siquiera para el Papa Juan XII, que en el 937 con dieciocho años ocupaba el trono de San Pedro, siendo por designios humanos asesinado a los veintisiete. Pero sí, esta es otra historia.

4 comentarios sobre “-CONCILIO CADAVÉRICO

  1. Joder, la Iglesia, o el Vaticano, con usos y costumbres entre militares y mafiosas.
    Vamos despojarle de vestimenta y claro le cortarón tres dedos, los de Urbi et Orbe.
    Nunca dejarán de sorprendernos.
    Y el nombre? Que? El tuyo, pero todo junto.

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