Hurgando en mi modesto “almacén” de libros, arrinconado, semioculto tras ofertas literarias de más moderna actualidad, cual baratija de modesta impresión de la que uno jamás desea desprenderse (nunca condeno un libro a su exterminio) y, por aquello de… ¿a ver que leo ahora?, el dedo índice de mi mano derecha —ese que los justicieros utilizan para acusar—, con delicadeza, presionando sobre el ya algo enmohecido lomo superior, desempolvaba un maravilloso librito del que, con vagos recuerdos, deseé rescatar del olvido.

Tengo por costumbre indicar en la última página la fecha de su lectura. Año 1995. A partir de ahora con doblete: 1995/2024

Leo y si el recuerdo es grato, pasado un tiempo, releo.  

Título: El mendigo      

Autor: Naguib Mahfuz

Comencemos con la —aun siendo fugaz—, obligada presentación de su autor:

Naguib Mahfuz, egipcio de nacimiento y Premio Nobel de Literatura 1988. Entre sus méritos, resaltar la ubicación en lo más alto de la prosa árabe. Su obra «Trilogía de El Cairo», representada en tres títulos ‘Entre dos palacios’, ‘Palacio del deseo’ y ‘La azucarera’; describe en ellas la vida de un patriarca y su familia a lo largo de tres generaciones, desde la Primera Guerra Mundial hasta la década de 1950, con el derrocamiento del rey Faruq a manos de Nasser y el llamado Movimiento de Oficiales Libres.

Después llegaría otra de sus grandes aportaciones literarias: «Hijos de nuestro barrio», precursora de numerosas incomprensiones y maldades por parte de fanatizados e influyentes sectores religiosos. La novela fue prohibida en Egipto. Tras la entrega del Premio Novel, el religioso Omar Abdel-Rahman[1] condenaba el libro por blasfemo; en él se hablaba no de una, si no de tres religiones y sus peculiaridades. En una de sus declaraciones el clérigo decía: «Si Mahfuz hubiese sido debidamente castigado por ‘Hijos de nuestro barrio’, Salman Rushdie no se habría atrevido a publicar ‘Los versos satánicos’.

Por encima de sentimientos y sensibilidades religiosas, en «Hijos de nuestro barrio» se hablaba de amor, se hablaba de justicia y de miedo, de gente sencilla apaleada por matones a sueldo de poderosos y oportunistas sátrapas, se hablaba de claros y esperanzados arco iris en contraposición a las sombras grisáceas de la realidad; en especial, se hablaba de la vida de un barrio no tan ficticio, no tan novelesco.

Siendo así, Naguib Mahfuz se hallaba en el punto de mira de caciques tan espurios como los de su novela. La diana no era difícil, solo requería de voluntad, voluntad delirante. Justo al día siguiente del primer aniversario de la entrega del Premio Nobel, dos extremistas seguidores de Omar Abdel-Rahman, en una calle de El Cairo apuñalaban en el cuello al autor. Sobrevivió, aunque con graves consecuencias hasta su fallecimiento en el año 2006.  

Supongo que ahondar como él lo hizo en las raíces históricas y culturales de Egipto, explorando temas como la religión, la política y las transformaciones sociales no debía ser del agrado de algunos fanáticos. Aun así, Naguib Mahfuz nos regaló un inmenso legado de literatura árabe y universal. Es considerado uno de los grandes narradores del siglo pasado.

Siendo que la mayoría de sus personajes (claramente influenciado por Dostoievski) transitan por las páginas de sus libros en busca de su lugar en el mundo y en la sociedad, procede dedicar unas líneas a «El Mendigo», ese pequeño librito, origen de este artículo.

Omar, joven inconformista en tiempos estudiantiles, implicado en la lucha contra una monarquía despótica…

«En el Egipto de los años cuarenta del siglo pasado, nadie salvo el Rey podía tener un coche rojo. Podía poseer el automóvil que quisiera, de la marca que más le gustase, pero el color rojo estaba reservado para los automóviles del Rey Faruq. Existe una real orden en tal sentido, refrendada por el gobierno y de obligado cumplimiento. Estos coches —los de color rojo— podían estar siendo conducidos por el propio Rey, la policía no los detendría jamás. Por otro lado, si lo veías avanzar hacia ti, la recomendación sería salir zumbando, buscar refugio: por todos era conocido que Su Majestad conducía como un psicópata, no paraba por nada ni por nadie».

Años después, superada la revolución del Movimiento de Oficiales Libres, distante Omar de los encantos juveniles de la revolución encabezada por Nasser, escribiría a un amigo: «La época de lucha no es más que un recuerdo disecado».

 Así, en esta evolución o acaso involución (según se mire y valore), revierte su impreciso espíritu hacia derroteros más prosaicos, menos poéticos. De él, de su inconformismo social solo encontramos la insatisfacción intelectual de un hombre aburrido, vacío, sin rumbo. Hastiado de su despacho, de su trabajo, de sus clientes, de su esposa…, de la vida. «A decir verdad, doctor, todos los tiempos son buenos menos el actual», indicaba.

            Siendo difuso el desierto de Omar, busca amparo y oasis en reiteradas y variadas aventuras amorosas, en la renuncia de su presente, en la confusa abdicación de todo cuanto le rodea. Una metamorfosis rayana con la locura, aun así, como se verá al final de la novela, con recorrido de ida y vuelta.

            La primera publicación de «El Mendigo» data de 1965, tiempo más o menos figurativo donde Naguib Mahfuz sitúa la acción y a su confuso protagonista. Para mí, para nuestro tiempo presente, no dispondría de mayor valor este dato si, en una carta enviada por el imaginario Omar a su amigo Mustafá, refiriendo a la ciudad de El Cairo —y acaso conservando todavía alguna reminiscencia reivindicativa—, escribiera lo siguiente:

            «El Ayuntamiento no hace nada. Dará una cálida bienvenida al turismo y éste aumentará de forma asombrosa, hasta el punto de que los habitantes de aquí no tendrán más remedio que huir. Los caminos vecinales se llenarán con filas de emigrantes. A pesar de todo, el precio del pescado continuará subiendo…»

¿Premonitorio? ¿Anticipado Naguib Mahfuz? Tal vez.


[1] (1938-2017) Apodado «el Jeque Ciego». Líder fundamentalista musulmán, condenado en EE. UU. a cadena perpetua, acusado de la organización del atentado al World Trade Center en 1993

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