¿Se puede ser extranjero en el país donde se vive poseyendo la nacionalidad del lugar?

Albert Camus nos dice que sí. Quizás y creo que con razón, en su relato alude a una extranjería nada ortodoxa, a un auto destierro del protagonista de su novela (Meursault) motivado por la falta de vínculos emotivos con su entorno. Bien sean emocionales o apáticos, bien sean sociales o individualistas, vínculos desmembrados de un entorno ajeno e indiferente a su propia realidad, a la que le rodea, a su interpretación del trabajo, del ocio, del placer, del sufrimiento…, en definitiva, de la vida.

Camus nos retrata a un antihéroe hastiado de lo ‘importante’, despegado y escéptico de lo ‘mundano’, harto tanto de la canícula argelina como de la frivolidad de un destino opaco, carente de ética y escaso de estética. Reniega de una sociedad y de unas estructuras donde, como el calamar engulle los camarones o los cangrejos, la monotonía de los hechos, la inercia burocrática devora al individuo, su derecho a ser él mismo. Incluso el derecho al anonimato.  

Un viernes Meursault recibe un telegrama de la residencia de ancianos de Marengo (costa mediterránea de Argelia) con la notificación del fallecimiento de su madre. Sin estar particularmente angustiado, se desplaza para velar el cuerpo y acompañarla al cementerio. Al regreso, un vecino suyo, Raymond, le ofrece su amistad solicitando ayuda para vengarse de una chica árabe, siendo este el núcleo central de la trama.

De resueltas del velatorio, debe hacer frente a una necia banalidad ante un patrón quisquilloso: ¿Le serán concedidos los dos días de permiso al coincidir el velatorio en fin de semana? En esto, así como en el proceso y la burocracia funeraria, la apatía se impone y, como en este mundo nada es gratuito, esa supuesta ‘indolencia’ será su talón de Aquiles ante un jurado y un fiscal acusador del asesinato producido por Meursault en un aciago y estúpido día de autos. El mal hacer de su nuevo amigo Raymond se encontraba tras la tragedia. 

Incluso la acusación —al más puro estilo kafkiano—, fundada en los hechos y tergiversando las motivaciones, carente de valores en un mundo aún por superar la tragedia de las Guerras Mundiales, inundan al acusado en el desinterés por su desarrollo, incluso por las conclusiones del jurado, incluso por la sentencia condenatoria en la que deberá ser decapitado ‘a la francesa’ —la pena de muerte fue abolida en Francia en 1981, siendo la guillotina utilizada por última vez con un emigrante tunecino en 1977—. Distante, incluso firme y mordaz se muestra Meursault ante el capellán del que rechaza las visitas.

¿Por qué rechaza usted mis visitas? —Preguntó el sacerdote—. Contesté que yo no creía en Dios. Quiso saber si estaba absolutamente seguro y le dije que no tenía necesidad de preguntármelo: la cuestión me parecía sin importancia …/… En cualquier caso, yo no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero estaba absolutamente seguro de lo que no me interesaba. Y ciertamente ese tema no retenía mi interés.

Albert Camus (1913-1960) escribió en 1942 ‘El extranjero’, su primera gran novela y llevada al cine en el año 1967, dirigida por Luchino Visconti e interpretada por Marcello Mastroianni.

Después llegaría ‘La peste’ (1947), tratando de manera simbólica una epidemia en Oran. El autor explora si puede o no existir un santo ateo. Alguien que pueda entregarse al bien de los demás hombres a través del autosacrificio.

‘La caída’ (1956) sería su tercera gran novela. En ella, muestra su preocupación por el simbolismo religioso y la proclamación del mal, estando su origen en el mismo ser humano. Un año después recibía el Premio Nobel de Literatura.

Su niñez transcurrió en uno de los barrios más pobres de Argel. Gracias a la beca que recibían los hijos de las víctimas de la Primera Guerra Mundial, pudo comenzar a estudiar y a tener los primeros contactos con los libros. Después, con la Segunda Guerra Mundial, su vida y con ella su obra transcurre en un contexto bélico y político sin precedentes, marcado por la violencia y las miserias de una Europa cada vez más dividida por el auge del nacionalismo.

Afiliado de joven al Partido Comunista Frances, renunció al mismo años después, tras el pacto de no agresión entre Alemania y URSS, también conocido como Pacto Ribbentrop-Mólotov 

La muerte, de manera trágica y viajando de copiloto le llegaría en un accidente de tráfico.

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