Será magia, será ilusión, quizás alguien lo llame desvarío, incluso delirio; sea como sea, nadie podrá negar la realidad de lo que aquí voy a narrar. Y, si lo narro, es porque lo vi, porque lo viví.

         Corría finales del siglo XIX, para más señas el año 1883. En aquellos días ya se deslizaba la voz del enamoramiento entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán. Él, admirado relatador de ingenios literarios históricos a partir de los Episodios Nacionales, por entonces aún inacabados; ella, adorada novelista, periodista, ensayista, poetisa y, bla, bla, bla. Vamos, mujer bandera.

         Por circunstancias que no vienen al caso, me surgió la posibilidad de viajar a Galicia, más en concreto a la pequeña localidad de Marineda[1]. Los ecos de sociedad me decían que por allí y en esas fechas encontraría a la dama gallega. Ni podía ni debía desperdiciar la oportunidad de presentarme y, si la fortuna me acompañaba, entablar aunque fueran minutos, una gratificante conversación. ¡Y vaya si lo fue! Minutos no, horas y más horas.

         Ocurrió por entonces, y doña Emilia así lo tenía registrado en sus anotaciones, que Marineda se hallaba revuelta, o más bien revolucionada, siendo abanderada de una generosa solidaridad femenina.

         Paseando por las calles en compañía de la escritora, tomábamos notas; bueno, en realidad ella las tomaba, yo me limitaba a escuchar. A escuchar y, en cierto modo, a inquietarme. De esas notas, días después saldría un —aunque triste— bello relato titulado «El Indulto», narración que por méritos propios ha llegado hasta nuestros días.

         Por enseñanzas de la vida, doña Emilia condujo nuestro paseo hasta el lavadero público, lugar apropiado para, casi de primera mano, conocer la historia de la pobre Antonia y de su pequeño y escasamente bien nutrido hijo. Este, fruto del matrimonio con un penado acusado de robo y asesinato de su suegra, la madre de Antonia.

         Allí, porque Antonia era también asidua al lavadero, se sabía toda la realidad, todo lo acontecido. Y así lo fue recogiendo la prosista en sus anotaciones:

         Nadie había olvidado la lúgubre tarde en que la vieja fue asesinada, encontrándose astillada la tapa del arcón donde guardaba sus caudales además de ciertos pendientes y brincos de oro. Nadie tampoco olvidaba el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era otro que el marido de Antonia[2].

         Antonia denunció al marido. Este, tras escuchar la condena de veinte años de presidio, amenazo a la mujer con «rajarla» el primer día de su liberación. A Antonia, en lactancia, se le cortó la leche; varias fueron las vecinas generosas que en solidaridad amamantaron al bebé.

De aquello ya habían transcurrido varios años, al menos ocho o diez. El miedo es libre y el recuerdo de la amenaza también. A pesar de los ánimos de las lavanderas… —no te preocupes mujer, verás que cuando salga estará más domado y manso que un burro—. Para Antonia, la procesión iba por dentro. Aunque todo era lejano en el tiempo, siempre temía el regreso del marido.

—«…además para protegerte hay Gobierno y Audiencia, y serenos. Se puede acudir al Alcalde…

—¡Qué alcalde! Decía ella con hosca mirada y apagado acento».

Ocurrió por aquellas fechas que la realeza española se hallaba de festejo. Que la Reina presta a dar a luz a su primogénito, convenció al Rey de la bondad, de la generosidad, de la buena virtud de un amplio indulto, bien para los penados y reos de cortas condenas, como para los de largas penitencias. La noticia revolucionó a las lavanderas y a cuantas mujeres de la localidad fueran conocedoras de los escarnios y amenazas a Antonia.

—¡Si es necesario, iremos a hablar con la Reina, incluso con el mismísimo Rey! —se enardecían solidarias las mujeres. ¡Exigiremos un contra indulto! —clamaban.

 Marineda se hallaba alborotada, la fuerza femenina, sus pregones solidarios auguraban intranquilidad en la casa regia del Madrid capitalino. Nunca se sabrá si, movido por confusos intereses o por la simple casualidad y chismorreo injustificado, el caso es que en la localidad se dio a promulgar la noticia del fallecimiento del marido de Antonia. Según se decía, meses antes de la promulgación del indulto.

La parroquia femenina celebró la noticia, ya era innecesario gastar esfuerzos y pesetas en la búsqueda del indulto. En esos días se vio, se apreció en el rostro de la heroína un nuevo sonreír, una mirada más risueña y relajada.

Tal fue así durante varios días, hasta que en uno de ellos, al regreso de los quehaceres cotidianos, al traspasar la puerta del hogar y sobreponiéndose a la penumbra interior…

Antonia quedó inmóvil, clavada al suelo, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas, no le veía ya. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que aterrado se le cogió a las faldas. El marido habló:

—¡Mal contabas conmigo ahora!… ¿Ese es el chiquillo?

Y descolgando el candil, llegolo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal.

—¡Que chiquillo tan feo! —gruñó el padre, colgando de nuevo el candil—. Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia, sin soltar al niño, se arrimó a la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas alrededor…

—A ver, ¿no hay nada para comer aquí? —pronunció el marido.

…/…

         Emilia Pardo Bazán dio a «El indulto» un final inesperado. Un final que yo aquí no deseo desvelar.

Con la lógica de la creadora de fábulas, me solicitó lo dejara protegido, expuesto en exclusiva a aquellos lectores con disposición y voluntad de leer el conjunto del relato. No más de diez páginas.

         Lo reconozco; padecí desazón y tristeza al verme obligado ante ella, ante la autora, a silenciar los actuales medios de difusión de su obra. De seguro, Emilia hubiera entendido la más sofisticada técnica del estilo Gutenberg, pero, cómo explicarle lo de las nuevas tecnologías, los libros electrónicos, los formatos PDF y otros, incluso, cómo expresar la «magia» de internet. ¡Me hubiera tomado por loco! Aun así, y convencido de su aprobación, propongo a quien esté interesado, busque y encuentre a través de los mil medios disponibles el bello relato de «El Indulto». Trámite apropiado para —tras ser conocedor del reencuentro entre Antonia y el bruto, delincuente e insensible de su marido—, disponer del conocimiento del final de la tragedia.  

Nos despedimos en la estación ferroviaria de Marineda. A ella aun la sujetaban varios quehaceres en la localidad gallega; yo debía regresar a los míos, lejos, muy lejos del lugar y, sobre todo del tiempo en que —y siempre daré gracias por ello— coincidimos. 

                                                *****        

Estando libre de derechos de autor, aquí tienes el enlace de descarga en formato PDF de «El Indulto».

https://drive.google.com/file/d/11V12R4E1aW6WGeCGXtY26XVN1uoTjQXS/view?usp=sharing


[1] Pueblo ficticio utilizado literariamente por Emilia Pardo Bazán

[2] Texto en cursiva extraído del propio relato de Emilia Pardo Bazán.

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