«NOS ARROJARON en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal. Luego vi una mesa y cuatro tipos detrás de ella, algunos civiles, que miraban papeles. Habían amontonado a los otros prisioneros en el fondo y nos fue necesario atravesar toda la habitación para reunirnos con ellos. Había muchos a quienes yo conocía y otros que debían de ser extranjeros. Los dos que estaban delante de mí eran rubios con cabezas redondas; se parecían; franceses, pensé. El más bajo se subía todo el tiempo el pantalón: estaba nervioso…«

         Así da comienzo el relato de «El muro» de Jean Paul Sartre.  

El juicio/interrogatorio en la gran sala blanca, despecho y frialdad hacia los indagados. Después —a la espera de veredicto—, los sótanos de un hospital reconvertido en almacén carcelario. Seres humanos compartiendo rincón con la sequedad y aspereza del carbón almacenado. A su vez haciendo irracional el espacio sanitario y de salvación, pervirtiendo a este en un recinto carcelario y de muerte; antesala de inmediatas ejecuciones de los penados. Este lúgubre espacio, frío y oscuro, se convierte en el microcosmos donde se desenlazan las últimas horas de sus vidas.

«El muro» nos narra las últimas horas de tres prisioneros condenados a muerte durante la Guerra de España. A la espera de ejecución inminente, al amanecer, cada cual a su modo se enfrenta a la angustia y el absurdo de su situación límite. A través de los pensamientos y reflexiones de Pablo Ibbieta (protagonista), Sartre explora temas existenciales como la libertad, la responsabilidad y el sentido de la vida frente a la inminencia de la muerte.  

En el interrogatorio Pablo es presionado para delatar el paradero de su camarada Ramón Gris. No es fácil, no es sencilla la resistencia, aun así…, de la debilidad consigue sacar su fortaleza, de la ironía y la desesperanza su caparazón.

—Es tu vida contra la suya —decía el interrogador— se te perdonará la vida si nos dices donde está.  

» Estos tipos adornados con sus látigos y sus botas eran también hombres que iban a morir. Un poco más tarde que yo, pero no mucho más. Se ocupaban de buscar nombres en sus papeluchos, corrían detrás de otros hombres para aprisionarlos o suprimirlos …/… Sus pequeñas actividades me parecieron chocantes y burlescas; no conseguía ponerme en su lugar, me parecía que estaban locos.

A diferencia de sus compañeros de celda, Pablo Ibbieta salva la vida, sobrevive al absurdo. Suerte y fatalidad se conjuran en un único destino, entrelazan sus tentáculos dictando a la par la supervivencia del uno como tributo a la tragedia e infortunio del otro. Y, sin embargo, nada es lo que parece.

En este sentido, «El muro» puede leerse como una reflexión sobre la condición humana en un mundo donde las certezas morales y políticas se han derrumbado, donde la violencia y la arbitrariedad han reemplazado a la razón y la justicia. La situación de los personajes, condenados a muerte por razones que escapan a su comprensión, refleja la experiencia de una generación enfrentada a la irracionalidad y la brutalidad de la historia.

Publicado en Francia en 1939, «El muro» se enmarca en el turbulento período de entreguerras, marcado por la ascensión de los totalitarismos, la crisis de los valores humanistas y el clima de angustia y desesperanza que precede a la Segunda Guerra Mundial.

El relato de apenas treinta páginas está ambientado en la Guerra de España (1936-1939), un conflicto con un fuerte impacto en la intelectualidad europea de la época. Muchos escritores y pensadores, incluyendo al propio Sartre, vieron en la lucha del bando republicano contra las fuerzas fascistas un símbolo de la resistencia contra la opresión y la defensa de los valores democráticos. La derrota final de la República fue vivida como una tragedia y el presagio de los horrores por venir.

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Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue un filósofo, escritor y activista político francés, exponente principal del existencialismo[1] y una de las figuras intelectuales más influyentes del siglo XX. Nacido en París en el seno de una familia burguesa, Sartre estudió filosofía en la elitista «École Normale Supérieure». Allí conoció a Simone de Beauvoir, su compañera intelectual y sentimental de por vida.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Sartre fue movilizado y hecho prisionero por los alemanes. Esta experiencia, junto con la ocupación de Francia, marcaría profundamente su pensamiento y obra posterior. Tras la guerra, se comprometió activamente con causas políticas de izquierda, simpatizando con el marxismo y el anticolonialismo francés en Argelia. En 1964, su obra fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura, un honor que el escritor decidió rechazar; argumentaba que aceptarlo significaría acercarse más a uno de los dos bloques de la Guerra Fría, cuando su ambición, según declaró, era el entendimiento entre ambos. Entre sus deseos se hallaba hacer de Europa una unidad. En un ensayo publicado en 1949 reclamó una fuerza autónoma: «los Estados Unidos de Europa».


[1] No nacemos con un propósito, una naturaleza fija o un destino. Primero existimos, y luego —con nuestras decisiones— construimos quiénes somos. El existencialismo es la ruptura con siglos de pensamiento del ser humano como algo “definido” por Dios, la razón o la biología.

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