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Esa noche tuve un sueño muy especial. Soñé que viajaba por las galaxias, no fue un sueño fugaz, no fue de esos que duran una fracción del descanso; no, el viaje era largo y necesitaba mi tiempo. Por fortuna, al día siguiente era domingo, no tenía prisa en despertar, así pues utilicé todas las horas de reposo para efectuar la travesía. De galaxia en galaxia y, dentro de ellas, de estrella en estrella y, dentro de ellas, de planeta en planeta. Incluso en algunos de estos, visité sus lunas. Eso sí, debo decir que en estos últimos e insignificantes cuerpos celestes de la cadena universal, no encontré nada interesante. No quiero decir que no lo hubiera; simplemente digo que yo no lo encontré. Tan metido estaba en mi sueño, tan ocupado por aprovechar el tiempo que ni siquiera para vaciar la vejiga quise salir del mismo. Algo habitual al menos una vez durante mi descanso nocturno.
Todos los científicos incluido Einstein, tienen asumido que la forma más rápida de viajar es a través de la luz… —Trescientos mil kilómetros por segundo—. Creo que están equivocados.
La primera galaxia en visitar fue nuestra Vía Láctea; por algo nuestro sistema solar está dentro de ella. Además, me vino de perlas la información recopilada en su día con el rudimentario telescopio de mi abuelo. También, cómo no, las indicaciones de su existencia ya en el año 1611 por Galileo Galilei. En realidad, como se comprenderá, no me dio tiempo a visitar las más de dos billones de galaxias, sí, sí, dos billones, con “b”, repartidas por los cielos; a lo sumo, un par de ellas además de la mencionada. Hice un alto en la galaxia Andrómeda que es de las más cercanas a la Vía Láctea, se encuentra a dos millones y medio de años luz. No encontré nada especial, aunque, a decir verdad, eso no significa que no lo hubiera, por falta de tiempo estuve obligado a visitarla muy rápido. Más o menos como esos turistas que en una semana recorren cinco o seis ciudades de Centro-Europa, repartidas por distintos países abarcando mucho, y sin ver ni oler nada de nada. Estuve tentado, pero también deseché desplazarme a las galaxias más lejanas, esas que están a trece mil millones de años luz —que barbaridad—. Pero no era la distancia lo que me impedía viajar, hubiera llegado esa noche sin ningún problema; la dificultad estribaba en el tiempo a dedicar para la visita, y yo era consciente de que el que mucho abarca, poco aprieta. Deseché la idea, me limité a pasar rápidamente por encima de la galaxia conocida como Triángulo, con una sensación similar a la de Andrómeda. Decidí volver y profundizar algo más en la Vía Láctea, en la mía. Aun así la situación me desbordaba —se dice que tiene ciento cincuenta mil millones de estrellas—. Me limité a la constelación conocida por nosotros como Orión; de entre las muchas estrellas dirigí mi interés a Bellatrix, por su tamaño era fácil de localizar, entre ocho y nueve veces más grande que el Sol. Fui incapaz de enterarme cuántos planetas giran a su alrededor, intuyo que son bastante más de nueve. Elegí uno parecido y con características similares al nuestro. Debo decir que desde allí, nuestra querida estrella solar, tan pequeña ella, ni se veía; claro y ni qué decir del planeta tierra. En esos instantes, me situaba a doscientos cuarenta años luz de mi cama. Naturalmente, yo no viajaba a su velocidad; ya he dicho antes que esta, no es la forma más rápida de viajar. Tiene muchas limitaciones, principalmente una de ellas, las enormes distancias entre los millones de millones de cuerpos celestes. Me limité a viajar con la imaginación; se desplaza uno al instante. Además, por algo estaba en un sueño.
El planeta resultó bastante más alejado de su estrella que el nuestro del Sol. Supongo que dado el volumen y la radiación desprendida por Bellatrix era necesario separarse para conseguir una temperatura habitable. Mi elección no fue al azar, me llevó un tiempo decidir el planeta, pero si de algo estoy seguro es de que fue un acierto. Lo primero que me sorprendió fue la inmensidad y grandeza de los lagos. La superficie sólida se repartía más o menos a partes iguales con la líquida. Siempre eran grandes lagos rodeados de —iba a decir tierra—. Por lo demás, el cielo era de un verde pálido y el suelo por todas partes presumía de una hierba de muchos y variados azules, con un clima suave y prácticamente similar en todas las zonas del planeta. Se me olvidó preguntar si el agua de los enormes lagos era dulce o salada. En realidad, fueron tantas las cosas que se me olvidaron…, o mejor dicho, no tuve tiempo de preguntar. Sea como sea, todo un regalo para la imaginación.
Fue depositar mis pies sobre el suave manto de hierba azul, y antes del minuto, sin haber visto ni oído nada ni a nadie, tuve la sensación de ser observado. Además, alguien deseaba decirme algo. También, de que ese algo lo era a través de extraños sonidos. Incluso, tras taponarme los oídos seguí notando un curioso e inconfundible intento de comunicación.

Al poco, dos seres físicamente muy parecidos a nosotros, algo más altos que yo —aunque eso no quiere decir nada—, transmitieron a mi cerebro la sugerencia de girarme, dar la vuelta. Se hallaban dos metros a mi espalda. Expresaron o sentí que me decían que era bienvenido. Que ellos hablaban en representación de todos sus paisanos. Que habían sido elegidos para servir de anfitriones en mi visita. No sé en qué idioma me hablaban, en realidad no eran palabras, se limitaban a transmitir sensaciones, sentimientos, impulsos eléctricos. Eso sí, en ningún instante percibí que estos tuvieran un carácter impositivo. Por su amabilidad y alguna que otra casuística, aprecié que no se extrañaban de mi presencia. Por lo que pude interpretar, no era el primero en visitarles —la fuerza de los sueños— decían. Enseguida comprendí su deseo. Querían limitarse a ejercer de generosos anfitriones en su exótico planeta. Transmitían confianza.
Con estos enigmáticos guías visité algunas ciudades, también pequeños poblados repartidos por todo el planeta. Fui informado de que superaban los quince mil millones de habitantes. Comprobé que la comunicación entre ellos era hablada con un idioma parecido a sonidos metalizados y ruidosos, algo musicales. Utilizaban y mucho la mímica. Esta impresión —sobre el idioma— inmediatamente me fue corregida, indicaron que el suyo estaba lleno de fonética, de matices que yo, por lo visto, tenía dificultad en captar. Eso sí, todos los habitantes del planeta hablaban el mismo idioma. Tenían desarrollada una sofisticada tecnología, me hicieron saber que nos llevaban estudiando desde hacía siglos, naturalmente siglos bellatrixnianos. También que, gracias a nuestro avance en los últimos años terrestres en el campo de la informática y las comunicaciones, sus conocimientos acerca de nuestras costumbres y comportamientos sociales se habían incrementado notablemente. Esto, claro, por la facilidad que para ellos suponía acceder a nuestros sistemas operativos y de archivo. Lo sabían todo, pero por nada del mundo deseaban interferir en nuestras comunicaciones, en nuestras bases de datos. Tamaña injerencia la considerarían una auténtica aberración. Supe que eran numerosos los planetas estudiados de situaciones similares al nuestro y, no se les escapaba que también ellos, estaban siendo observados desde muy lejanas galaxias. La vida en el universo tiene múltiples y variadas modalidades; la de ellos, la nuestra, me informaron, representaba una diminuta, muy diminuta expresión de la realidad cósmica. Debemos ser humildes —insistían.
Disfrutaban del color de manera exagerada. Desde mi ver, casi obsesiva. Los colores del arco iris siendo semejantes a los nuestros, los multiplicaban casi hasta el infinito a base de múltiples combinaciones, aplicando estas para todo y en todo momento. Vestían o, eso me pareció al principio, cambiando constantemente de colorido. Sin embargo, tras una segunda observación comprobé que en realidad estaban desnudos, tenían una capacidad natural para transformar el color de la piel a gusto, incluso aplicando diversos colores repartidos por el cuerpo, siempre a voluntad del individuo, o sea, como quien cambia de chaqueta, como si estuvieran en carnavales. Acaso el color reflejara estado de ánimo —no lo sé—. Sí puedo asegurar que para nada ni para nadie, esto significaba motivo de arrogancia o discriminación. Cada cual vestía con el color de piel que le daba la gana; ningún tono o matiz era identificativo de superioridad o lo contrario. Resultaba de lo más extravagante y divertido.
Eran individualistas y competitivos, pero con una aplicación de esos valores radicalmente invertida a como la disponemos nosotros. No entendían la competencia como rivalidad para superar al vecino y en provecho propio. Esta valoración no entraba en su razonamiento. Competían consigo mismo con el único objetivo de superarse para aportar al colectivo toda su sabiduría. Era algo que les daba inmensa satisfacción. Sabían que la vida por sí misma resultaba plácida y brillante. En realidad, ni necesitaban ni querían placeres materiales superfluos. La naturaleza del lugar y un trabajo bien ejercido los hacía felices; no sé, quizás como esa imagen bucólica que a veces tenemos de los pastores. Sus ambiciones iban por otro lado. Eran grandes dominadores de la mente y, a través de ella, dominaban su propio bienestar y prosperidad. Les hacía sentirse orgullosos y auto complacientes ver mejorada su aportación al todo, eso sí, sin nadie que fiscalizara u observara su comportamiento. Para ellos, esto último era innecesario, más aún, incomprensible. Sin duda, resultaba intrínseca esa actitud. No podían, sería para ellos una anomalía inexplicable concebirla de otro modo o manera.
Confesaron que, aun considerándolas rupestres, envidiaban de los terrícolas la gran riqueza lingüística que poseíamos. Les parecía fabulosa la evolución constante que tenían nuestros idiomas, aunque, seguían sin entender por qué aún, después de tantos años de existencia, no éramos capaces de entendernos con uno común, dejando al deseo de cada cual para comunicarse de una u otra manera. También les resultaba incomprensible y estúpido que el origen de los diversos idiomas, lo determináramos como resultado del castigo divino por la supuesta soberbia ante nuestro dios, no entendían lo de La Torre de Babel. Les hacía gracia nuestra ingenuidad. Estaban siempre riendo.
No eran capaces de entender eso de las rayas o muros ficticios para definirse cada cual de aquí o de allí dentro de nuestro planeta. Y, aún les hacía más gracia ver que cada cierto tiempo, movíamos esas líneas, esos muros, llegando a la violencia más extrema por la defensa de los nuevos límites. Les hablé de la patria; a su manera pusieron ojos de besugo. ¡Sabemos a qué te refieres! Pero… ¿Para qué sirve? Preguntaban, aceptando a continuación que era nuestro derecho el organizar nuestras vidas como mejor nos pareciera. También nuestros caprichos —percibí un énfasis especial en estas últimas palabras—. Hablaron de la esclavitud, de la propiedad de unos individuos sobre otros.
—Sabemos que hoy en día, aunque no a todos, a la mayoría de los terrícolas os resulta deplorable, pero…, ¿no es igualmente absurdo mantener la propiedad individual sobre el suelo, sobre la tierra que pisáis? ¿Acaso el aire, el agua de la lluvia, las nubes del cielo que veis mirando hacia arriba tienen propietario? Si vuestro planeta en su equilibrio es un todo único e indivisible, ¿no es acaso una anomalía confeccionar registros de propiedad sobre algo que vosotros no habéis creado, que no es vuestro? La existencia de los océanos, las montañas, las llanuras, las pequeñas y hermosas islas del Egeo o de los Mares del Sur, las preciosas playas que las circundan…, todo esto y su belleza ¿es acaso producto del trabajo de sus propietarios? ¿Con qué derecho se apropian de pequeños o grandes terrenos? Nos referimos, ya lo sabes, a esos que en tu planeta se definen como parcelas o cortijos, y total…, para después, si se tercia, llegar incluso a jugarse la propiedad a las cartas o en los juegos de azar. Viéndolo desde aquí, y perdónanos, lo consideramos un atropello, una enorme injusticia para aquellos que, siendo también criaturas de la naturaleza y para más ignominia de vuestra propia especie, se les pueda eximir de su aprovechamiento, de su disfrute, y eso —valga la ironía— por no tener acceso a un registro de la propiedad.
—Sospechamos que no es fácil la convivencia entre los humanos. Aun así sois seres inteligentes, con el tiempo superaréis vuestras propias barreras —pronosticaban.
Lo que ya no entraba en su orden natural de las cosas, era cuando levantábamos banderas de superioridad ante nuestros semejantes, concibiendo unas mayores o menores cualidades étnicas. Debo decir que, cuando me indicaron mentalmente su valoración sobre esto último, sentí cierta vergüenza. Ellos enseguida trataron de minimizarla a efectos de no hacerme sentir responsable de semejante tropelía. Se lo agradecí. Y donde ya nos consideraban absolutamente salvajes y primitivos era al comprobar que, mientras unos —no muchos— derrochaban medios materiales, otros —muchos más— sufrían penurias.
Decían no entender qué caminos son los que buscamos para llegar a la felicidad. Creían que tal vez, y aunque pareciera contradictorio con lo mencionado anteriormente, éramos (y pidieron perdón por ello), bastante tontos.

Al llegar la noche, a través de una enorme pantalla me enseñaron un amplio mapa superpuesto sobre el cielo ocultando en su superficie los millones de estrellas que también veían. En el mapa o plano, se me indicaba la enormidad del universo por ellos conocido. Solo era —decían— una mínima parte del todo. La Vía Láctea se asemejaba mucho a como nosotros la concebimos (nos felicitaban por nuestros aciertos en la investigación). Esta galaxia ocupaba un pequeñísimo espacio en la pantalla. A continuación, como si se tratara de un potente catalejo, a modo de embudo acercaban la imagen para ubicar la constelación de Orión; avanzaban millones de años luz. Siguieron acercando la imagen. Más años luz hasta llegar a su colorido planeta. Después, en mi consideración repitieron la misma operación con la tierra como objetivo. Les pregunté hasta dónde podían llegar, me sorprendieron con una panorámica similar a la que utilizamos a través de internet para ver nuestras poblaciones con sus calles y barrios. Facilité mi dirección, llegaron hasta la ventana del dormitorio. Agradecí tener las persianas bajadas, de lo contrario me hubiera visto acostado en la cama. Esto último me produjo un ligero escalofrío.
Afirmaban que ver y saber todo esto es importante para disfrutar de lo maravilloso que puede llegar a ser el cosmos y, el privilegio de poder formar parte de él, aunque, insistían en la importancia de saber cuál es nuestro papel y qué parte formamos del mismo. A pesar de sus grandes y vastos conocimientos, era impresionante su sentido de la humildad. Por nada del mundo se sentían el centro del universo, mucho menos la obra maestra del mismo.
—Nunca llegaremos a saberlo todo —comentaban—, aunque estamos en ello —se reafirmaban sonriendo.
Extracto de la novela «Balas y Violines»
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