Por tiempos atrás y en este lugar, El Lazarillo de Tormes aportaba al público una sátira mordaz, incluso cáustica contra la sociedad del momento y en especial contra el clero. Si entre los años 1540 y 1700 se registraron 1.346 condenas a muerte sustentadas en la Inquisición, presentar a frailes avariciosos o clérigos hipócritas no era precisamente una práctica de invulnerabilidad en la España de la Contrarreforma; tampoco firmar un libro que pusiera en duda la moralidad de frailes o monjes. Sería algo así como comprar un billete solo de ida ante un interrogatorio muy poco amigable con el Santo Oficio. Y es que la historia del Lazarillo es tan accidentada y picaresca como la vida de su misterioso autor.
¿Por qué El Lazarillo de Tormes es una obra anónima? Veamos:
El libro se publicó por primera vez en 1554, lo hacía en varias localidades de España y también en Amberes. Su tono crítico con la curia romana, con la hipocresía social y con la pobreza del pueblo, hacía peligrosa la identificación del autor.
No se requerían muchas luces para entender que firmar tan lenguaraz texto, podía implicar la apertura de procesos inquisitoriales, la pérdida de bienes materiales, o incluso penas más graves como salto a la hoguera. Dicho de otra manera, para sobrevivir y disfrutar de la creatividad literaria, se hacía necesario aplicar el famoso credo de: “Tirar la piedra y esconder la mano”. En definitiva, que para su autor el anonimato resultó ser una estrategia de autoprotección. Sobre la autoría, se han hecho y dicho varias cábalas apuntando a nombres como Diego Hurtado de Mendoza o Alfonso de Valdés. Personalmente y más a estas alturas, creo muy poco probable que llegue a saberse. Dejemos al Lazarillo tal y como lo deseó su padre creador.

“…’Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros’. Mas el lacerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que rezamos, a costa ajena comía como lobo y bebía más que un saludador.»
“…Deseaba y pedía a Dios que cada día matase algún prójimo, porque en los mortuorios, como he dicho, comíamos bien y me hartaba.»
En 1559, apenas cinco años después de publicarse, la Inquisición lo incluyó en el “Índice de Libros Prohibidos”. Poseerlo o leerlo era delito, esto implicaba prohibición de tenerlo y, por supuesto, de imprimirlo. Incluso, caso de no purgar en tierra, el infierno infinito quedaba garantizado.
Su trayectoria con la censura fue una verdadera montaña rusa. Aun así y dada su popularidad, (todo el mundo deseaba leerlo, inclusive si fuera necesario, a escondidas), la censura permitió en 1573 una edición limitada. Por Lazarillo castigado fue conocido popularmente. En esta edición se eliminaban cuantos párrafos o incluso capítulos enteros atentaran contra el prestigio de la Iglesia. Pero, como he mencionado, su trayectoria respondiendo a las sinuosidades y altibajos de una montaña rusa o al juego de las escondidas y apariciones del Guadiana, la obra original se dice que sobrevivió gracias a las ediciones impresas en Amberes. Esta afirmación es cierta, sí, pero como se verá a continuación, no en toda su transcendencia. Sea como sea, circulando de contrabando, hacía el deleite de sus lectores a la par que el desprestigio de sus censores.
Desde sus orígenes El Lazarillo de Tormes era testarudo, correoso en el devenir de su futuro, arduo guerrero —como un pulpo— en la defensa de todos sus miembros o tentáculos, de todos sus sarcasmos e ironías. Incluso, sin la noble aportación de la edición de Amberes, dentro de un túnel, parapetado en un claustro de más de 400 años, nuestro héroe hubiera sobrevivido. Podría parecer el guion de una película de misterio o intriga, incluso un apéndice de El Nombre de la Rosa. Nada de eso, El Lazarillo sobrevivió por méritos propios.
¿Alguien ha oído hablar del tesoro de Barcarrota, una pequeña localidad a medio camino entre Badajoz y Jerez de los Caballeros? Quien lo haya hecho, sabrá que no se trata de una simple leyenda urbana. Y es que en el año 1992, el propietario de una antigua casa encargó al albañil del pueblo la realización de unas reformas del interior. Necesario era el derribo de un viejo tabique para acondicionar el habitáculo a las necesidades del nuevo inquilino. Así se hizo y…, cuatro siglos de inactividad quedaban rotos, el brillo exterior vislumbraba el éxito del más fuerte, del más pertinaz, del más constante. Triunfaba la luz sobre la oscuridad, la literatura libre sobre la dictadura.
Tras la antiquísima pared de ladrillo, actuando de tapadera de un viejo y apañado escondite, aparecían, si…, un tratado sobre exorcismo, naturalmente muy sospechoso para la época; un libro de oraciones en hebreo; otro de contenido erótico, ese que en la correcta compostura social se hacía o se veía pero nunca se decía; algunos más de abierta crítica a la Iglesia.
Es de entrever que a aquella familia —acaso de origen sefardí— le escaseó el tiempo para coger las de Villadiego.
Así, entre la decena de obras en papel grabado, asomaba un ejemplar imposible.
El libro, de una edición impresa el año 1554 en Medina del Campo, y de la que se daban por desaparecidos todos sus ejemplares, cual Ave Fénix, como si de una cápsula del tiempo literario se tratara, protegido de los chinches, de la humedad y de la hoguera, reaparecía involuto, sin las tachaduras inquisitoriales, un bello y vetusto ejemplar de la primera edición de El Lazarillo de Tormes.