-OLVIDADO REY GUDÚ

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OLVIDADO REY GUDÚ

Debe ser como decía Pío Baroja, que cuando uno se hace mayor, le gusta más releer que leer. Recientemente y en segunda oportunidad, he terminado la lectura de OLVIDADO REY GUDÚ. La primera lo fue hace años, acaso quince o más. Fue tal el sabor que dejó en mi ánimo, tal el disfrute de sus páginas, que me prometí a mí mismo y tras dejar correr —sin prisas— el tiempo necesario, no abandonar el libro en el anonimato de las estanterías, desempolvarlo algún día y revivir sus relatos y aventuras desde la primera a la última página. No he podido menos que considerarlo un segundo y extraordinario auto-regalo.

Por su contenido podría parecer una novela de fantasía y quizás así sea. Sin embargo, por las tragedias narradas, por los sentimientos bondadosos o perversos que de ella surgen, podría ser un espejo de la cotidianidad que nos rodea: Amor, ambición, generosidad, crueldad…

¿Emula OLVIDADO REY GUDÚ al Señor de los anillos? ¡No! ¿A Juego de Tronos? ¡Tampoco! Y sin embargo tiene algo de ambos. Aunque en el caso del segundo y si hablamos de influencias, mejor sería decir que éste es heredero de la narración de Ana María Matute.

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Ana María Matute fue una de las más reconocidas escritoras españolas del siglo XX. Ganó, entre otros, los premios Nadal, Planeta, Cervantes, Nacional de narrativa y de letras españolas y Príncipe de Asturias. Perteneció a la RAE (asiento K).

Cuando el Instituto Cervantes le pidió que, a modo de legado, depositara un objeto en su Caja de las Letras para las generaciones venideras, dejó una primera edición de su OLVIDADO REY GUDÚ (1996)

La novela está repleta de fábulas, fantasías y personajes imaginarios. Narra el nacimiento y la expansión del Reino de Olar, con una trama llena de aventuras y de un paisaje simbólico: el misterioso Norte, la inhóspita estepa del Este y el Sur, rico y exuberante, que limitan la expansión del Reino de Olar, en cuyo destino participan la astucia de una niña sureña, la magia de un viejo hechicero y las reglas del juego de una criatura del subsuelo.

Tejida de realidad y leyenda, de pasado y presente, OLVIDADO REY GUDÚ constituye también una gran metáfora del alma humana y su historia, alentada por los deseos y las inquietudes que desvelan al ser humano desde hace siglos.

 

-Diciembre – EL MENDIGO

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EL MENDIGO

El mendigo fue publicada por primera vez en 1965, cuando el autor contaba cincuenta años de edad. Pertenece por tanto, a su etapa pos realista, que se inicia, con El ladrón y los perros y concluye con Miramar. Etapa que refleja el impacto de los cambios políticos en la sociedad egipcia y en la que Mahfuz consigue sus mayores logros.

La acción se desarrolla en El Cairo de los años sesenta del siglo pasado y gira en torno a un único protagonista: Omar al-Hamzawi, un prestigioso abogado y feliz padre de familia que de pronto, y sin motivo aparente, deja de interesarse por todo cuanto le rodea para buscar afanosamente «el secreto de la vida», primero mediante experiencias amorosas y luego a través de la experiencia mística. El protagonista se aísla de la sociedad para alcanzar su objetivo, aunque su crisis no se debe a factores externos, sino que surge dentro de sí mismo a partir de que toma consciencia de que ha traicionado los ideales de su juventud a cambio del éxito y el bienestar material.

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¿Cómo sería la vida de Naguib Mahfuz sin la puñalada que recibió la tarde del 14 de octubre de 1994? Aquel día, el escritor, tras salir de su casa, fue atacado por un integrista religioso, que consiguió clavarle un cuchillo en el cuello. Salvó su vida porque el amigo que le acompañaba en aquel momento era médico y porque el atentado se produjo al lado de un hospital.

Desde entonces y hasta su fallecimiento, le acompañaron las secuelas de aquel ataque. Su mano derecha quedó paralizada. Tuvo que aprender de nuevo a coger el lápiz, como si fuera un niño, ¡él, que había recibido el mayor premio literario del mundo! Lo hizo sin quejarse. Consiguió al final, tras mucho ejercicio, poder escribir media hora al día, aunque nunca más aquella letra clara de antes.

Uno de los temas clave en sus obras fue el proceso de modernización de la sociedad, y el interés del hombre de la calle por el pensamiento moderno y las ideas europeas. “Sí –admitía-, la modernización es un proceso natural, las civilizaciones se desarrollan gradualmente y la interacción entre ellas es imprescindible. No se puede ignorar a otra civilización porque todas contienen algo humano. El egipcio es abierto por naturaleza. Su ubicación geográfica, entre los tres continentes más antiguos del mundo, ha permitido una continua interacción con las otras culturas. La naturaleza del egipcio es tolerante, pues es protagonista de una civilización que nunca cerró sus puertas a las otras que pasaron por sus tierras a lo largo de la historia”.

EL AMOR ES COMO EL MERCURIO

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EL AMOR ES COMO EL MERCURIO

Querida Indira, como sabes, tu abuelo y yo nacimos en una pequeña aldea muy cerca de Nagarkot, ahora es un lugar visitado por los turistas, pero en aquella época te puedes imaginar… el enclave es precioso y los visitantes acuden para ver el amanecer y su sol naciente, un sol espléndido que a primera hora alumbra las crestas del Himalaya, entre otras la de nuestro gigante Everest. Sí, allí nacimos tu abuelo y yo, un lugar de Nepal por entonces olvidado de los dioses y más pobre que las ratas. Bueno, aún sigue siendo muy pobre, pero entonces…

Tu bisabuelo era propietario de dos o tres cabras y un famélico caballo que utilizaba para desplazarse, nosotros éramos de los ricos, te puedes imaginar… las casas estaban hechas con adobe, barro y paja, y según tengo entendido en todos estos años no ha cambiado mucho.

A pesar de estar rodeada de mugre y descalza, era feliz correteando por la aldea, brincando por los campos cercanos, campos de un bello y colorido amarillo verdoso, llenos en la comarca de floridas y silvestres plantaciones de mostaza.

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Aunque a nuestra manera disfrutamos de la infancia, en la mayoría de los casos, especialmente para nosotras, las niñas, este pequeño regocijo tenía fecha de caducidad. Los matrimonios, todos sin distinción, eran concertados. Eso era y aún hoy es algo como bien sabes, muy arraigado a nuestra cultura. Las jovencitas debíamos admitirlo como algo natural. ¿Quién, si no nuestros padres, tenían el derecho y la potestad de decidir sobre nuestro futuro? Y naturalmente, no podía ser de otra manera, ese también fue mi caso.

Yo tenía trece años recién cumplidos y un día mis padres recibieron la visita de un lejano pariente de una aldea cercana, su rostro me era familiar aunque con cierta distancia, quizás de alguna coincidencia anterior. Estaba sentada en el suelo quitando pulgas a la vieja perra que teníamos, cuando este señor pasó cerca y con manifiesta ternura me acarició el pelo —hola pequeña Chandra—comentó —ya veo que eres una jovencita atareada, eso está muy bien—. Lo recuerdo porqué a partir de ese día se inició un cambio importante en el ciclo de mi vida. Su visita respondía al deseo de establecer un firme compromiso de matrimonio de su hijo menor, con la única casadera de nuestra familia, y que naturalmente era yo, tu querida abuela.

No habían pasado muchos días, dos o tres semanas como máximo, —no recuerdo muy bien— cuando acompañé a mis padres a la aldea del pariente lejano. Me engalanaron con lo mejor que tenía, que naturalmente era muy poca cosa aunque eso sí, acudí aseada y peinada como nunca antes podía recordar. Fui presentada a quienes debían ser mis futuros suegros y al joven Sudhir, quien habría de ser mi futuro esposo. Lo recuerdo como un chico muy tímido, tanto o más que yo en aquellas circunstancias, ni guapo ni feo, pero a pesar de ser delgado se le veía un joven fuerte y trabajador —observé que tenía las manos callosas— y eso era un detalle que mi padre valoraba ampliamente. Él tenía dieciséis años, yo, como ya he dicho, rondaba los trece. En esa entrevista y con mucha discreción, constantemente nos mirábamos de reojo, pero eso sí, te puedo asegurar que en el tiempo que duró el encuentro, no nos dirigirnos una sola palabra. Mis padres y los suyos establecieron que dos años sería el tiempo razonable para formalizar el matrimonio, Sudhir habría cumplido los dieciocho y yo los quince, no existía motivo para esperar más tiempo. Inmediatamente se hizo público entre familiares y conocidos nuestro compromiso. Todo normal dentro de la tradición.

Pasaron las semanas, pasaron los meses, naturalmente ni Sudhir ni yo habíamos vuelto a vernos, no era necesario, tiempo habría. Sin embargo al hacerse público mi compromiso, muchas eran las amigas de la aldea que se acercaban para felicitarme, incluso alguna de ellas algo más mayor y ya casada, lo hacía para darme consejos del comportamiento que sin olvidar, debía tener una vez desposada y trasladada mi residencia al domicilio de mi futuro marido. A mi nuevo hogar.

Y ésta es la parte más difícil —decía mi amiga— me hubiera gustado seguir viviendo con mi marido en casa de mis padres, pero eso es imposible, siempre, siempre, nosotras debemos ir a la suya y allí, como sea, aún a regañadientes, adaptarnos a la nueva familia con todas las consecuencias.

Y mi amiga, de la que habíamos sido hasta hacía algo menos de un año casi inseparables, con la que tenía una enorme confianza desde que éramos niñas, me habló de su nueva situación. Dentro de mis escasos conocimientos acerca de la vida real, oír de su boca los relatos de la nueva existencia. Ver caer por sus mejillas unas lágrimas que seguramente no eran las primeras ni serían las últimas, produjo en mi pequeño cuerpo un enorme estremecimiento, y en mi inmadura mente una gran agitación. A pesar de todo y en un principio, necesitaba pensar que lo que ella me relataba, lo que mis oídos apreciaban, no tendría por qué ser obligatoriamente un calco de mi destino. Que ingenua era. Afortunadamente después aparecieron circunstancias que dieron un vuelco total a mi situación, no así a la de mi amiga que resulto ser víctima de un terrible engranaje. Se hallaba atrapada en la misma maquinaria que mantiene aprisionadas a miles y miles, a millones de mujeres en Nepal y otros lugares.

En la relación que yo mantenía con mi amiga, había algo más, algo que a la postre resultó determinante para mi futuro. Ella tenía un hermano gemelo, sí, prácticamente igual de guapos los dos (al menos así me lo parecía) y aunque no tenía con él una relación fluida, diaria quiero decir, es cierto que disfrutaba ratos de entretenimiento compartidos con ellos, especialmente cuando los dos hermanos decidían dar rienda suelta a su imaginación. Tan unidos estaban, que escuchar fantasías, relatos u opiniones de uno, parecían extraídas de la imaginación de la otra, o al revés.

Doce meses más tarde, y tras varios desplazamientos de mi padre a la aldea de mí prometido y otras tantas de mi futuro suegro a la nuestra, habían quedado acordados y pulidos todos los flecos que configurarían nuestro enlace. En uno de esos desplazamientos, el padre del joven Sudhir vino acompañado de su esposa, yo no coincidía con ella desde aquella primera visita donde fui presentada a su familia y a mi pretendiente. Ya en aquella ocasión, y aunque procurara ser amable conmigo, incluso halagadora, pude percibir en sus expresiones falta de sinceridad, varias veces observé su mirada escrutadora, mirada que inevitablemente y dentro de mi inocencia, me obligaban a ponerme en guardia. En esta segunda ocasión apenas recibí de ella un frío saludo al cruzarnos a la entrada de mi casa. Me pareció ver en mi futura suegra una actitud en exceso arrogante, algo así como queriendo marcar las distancias y deseando establecer el orden jerárquico. En la ingenuidad lo atribuí a mi falta de tacto, el de una jovencita de catorce años, y a no saber comportarme adecuadamente ante los mayores. Esto era algo que producía inquietud en mi ánimo. Era consciente, sabía que tras la ceremonia de boda, mi lugar estaría al cobijo de la nueva familia, que mi destino porque así estaba establecido desde el principio de los tiempos, estaría sujeto a mi marido y por extensión a su familia. Bajo ningún concepto deseaba transmitir una mala impresión.

 

La situación de mi amiga se siguió complicando, tanto, tanto… la pobrecita llegó a un estado de total desesperación. La suegra, las cuñadas, tenía dos y algo mayores que ella, estaban felices, una nueva ayuda entraba en casa para las tareas domésticas. ¿Nueva ayuda? ¿Solo eso? Mi amiga estaba obligada a ganarse la manutención haciendo frente a los trabajos más penosos. Naturalmente era ella quien por las mañanas recogía los orinales de la casa trasladando las micciones nocturnas, incluso los excrementos de la noche al pozo externo ubicado en la trasera de la ruinosa vivienda, naturalmente era ella quien en invierno se cuarteaba la piel de las manos en las frías aguas del riachuelo, frotando con energía la mugre acumulada en la sucia ropa de toda la familia, naturalmente era ella quien madrugaba acarreando leña para el encendido del ennegrecido fogón. Rara era la tarea doméstica que no recaía con rigor sobre sus manos y espaldas.

—No estaría mal del todo —decía mi amiga— si al menos percibiera un reconocimiento a mi trabajo y disposición. Por el contrario, es como si me sintiera obligada a venerar a todos los miembros de mi nueva familia. Dentro de la supuesta jerarquía, para mí solo había dos grados: en la parte alta todos sus miembros menos yo, en la parte baja… yo. Ahí, junto al asno.

Solo había una tarea doméstica en la que mi amiga no tenía autorizada la participación. Limpiaba los pucheros y cuantos cacharros para la cocción de alimentos ensuciara la madre de su marido o sus hermanas, pero nunca, nunca, le estaba permitido participar en la elaboración de la comida. Argumento suficiente según su suegra y cuñadas para marginarla a la hora de compartir mesa, al menos mientras su marido estuviera ausente, que era casi siempre.

Quiso buscar el apoyo o al menos la comprensión de su joven esposo —no sirvió para nada— le lloraba, le suplicaba… No tardó mucho en comprender que incluso para él, era una extraña en el hogar, que primero y por imperativo familiar, se debía a los suyos y ella al fin y al cabo, era una recién llegada que debería ganarse el respeto y el puesto con paciencia y sacrificio.

—El día que des a luz un hijo varón, comprobarás cómo mejora tu situación. Entonces comprenderás que en realidad mi madre sí te aprecia, y por supuesto, no te quepa duda, reconocerá tu valiosa aportación a la familia. Así era su razonamiento.

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Mi amiga —querida Indira— estaba desesperada, ni siquiera cabía en ella la esperanza del casamiento de algún hermano de su marido (no lo tenía) y con eso, poder ganar al menos el triste derecho de antigüedad en la familia. Su única esperanza residía en esperar el matrimonio de las dos jóvenes cuñadas con el consiguiente abandono del hogar, y a más largo plazo, el fallecimiento de la suegra. Entonces sí, entonces ella sería la «reina de la casa» y solo debería esperar el matrimonio de su posible futuro hijo, para así, disfrutar del estatus de suegra, aplicando en la nuera, la misma receta de la que ahora era víctima, y entonces, quizás por inercia, quizás por un absurdo sentido de revanchismo, perpetuar la tradición.

Buscó algo de refugio y un mínimo de consuelo entre sus padres, su anterior familia, tampoco lo encontró.

—Debes entender —decía su madre— que la familia de tu marido, es ahora tu familia y que te debes a ellos. Muy acertadamente aceptaste el joven que te propusimos y ahora debes tener paciencia como yo la tuve, ya verás como con el tiempo todo irá a mejor, tu marido llegará a apreciarte, incluso a quererte cuando le regales descendencia. Pero antes… querida hija, tienes que ser humilde, deberás hablar poco y sin quejarte, aguantar las injusticias sin enfado, darles la razón a pesar de opinar diferente, soportar con resignación las habladurías. En definitiva, ganarte su afecto a través de la sencillez y la paciencia. Si actúas así, más pronto que tarde serás admitida por su familia.

 Mi pobre amiga solo en su hermano gemelo encontraba algo de comprensión. En realidad para ella todo era tan abrumador, tan falto de consideración, respeto y cariño, que en su desesperación escogió el camino más corto y sin duda más trágico. Como tantas y tantas mujeres en nuestro país, incapaces de soportar más humillaciones y más incomprensiones, optó por la única salida liberalizadora que era capaz de imaginar. Rodeada de seres no queridos, la tristeza y el abandono se apoderaron de ella. Descubrió en su interior la tragedia de la soledad, esa que imposibilita compartir el miedo.

Para mí, conocedora de sus sufrimientos, el desgraciado suicidio de mi mejor amiga supuso un terrible golpe, en mi interior se agitaron todos los demonios. Aún faltaban algunos meses para mi boda, suficientes para perderme en el endiablado mundo de mis temores. En el rostro de mi futura suegra veía la maldad de la suegra de mi amiga, en los silencios y la indiferencia de mi prometido captaba mi propia y futura debilidad, y en los consejos maternos que por entonces recibía, intuí la definitiva despedida de mi querido hogar, el destierro del paraíso, el camino sin retorno.

 

—Querida Indira, este relato es un trozo pequeño de la historia de tu abuela, la historia de una jovencita que hace muchos años con una edad parecida a la tuya, y a pesar de que en este país vivimos siempre motivados por la fuerza de las costumbres, consiguió romper un muro aparentemente infranqueable. No fue fácil, todo estaba en mi contra, incluso llegue a ser repudiada por mi familia. Lloré mucho, muchísimo, la incomprensión me rodeaba, la indiferencia de los míos estuvo a punto de aplastarme y sin embargo ya lo ves… sobreviví. Afortunadamente y junto a tu difunto abuelo, del que habrás descubierto, era el hermano gemelo de mi amiga, y del que estaba profundamente enamorada, encontré, mejor, encontramos el camino de nuestra felicidad. A pesar de los desprecios que recibimos tanto de su familia como de la mía, nunca nos arrepentimos. En el valle de Nagarkot ya no teníamos cabida y sin ser una ley escrita, el destierro de la aldea fue nuestra penitencia. No nos importó, escogimos el camino de la ciudad. A pesar de las muchas, muchísimas dificultades del principio, Kathmandú se convirtió en nuestro refugio, y a pesar también de la pobreza que nos rodeaba, conseguimos sacar adelante a nuestra familia. Fuimos fuertes y perseverantes, desde el primer día supimos vivir muy unidos, eso no nos lo podía quitar nadie. Sabíamos que el amor es como el mercurio en las manos —bueno, entonces no conocíamos ese metal— pero sabíamos que nuestro amor se sustentaba en la libertad. Deja la mano abierta y el mercurio permanecerá, agárralo con firmeza y escapará.

-Septiembre- EL JUGADOR

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EL JUGADOR

La historia gira sobre tres ejes o bloques interrelacionados, haciéndolos depender unos de otros, siendo la pasión por el juego el soporte principal de la narración.

El primero: LA LOCURA POR EL JUEGO.

—Es tan fuerte la dependencia de Alexéi Ivánovich (protagonista), que se le llega a nublar el sentido de lo ganado o perdido. En pocas horas y con el giro de la ruleta puede ganar una fortuna. Sin embargo, en tiempo similar, es capaz de dilapidar la misma, dejándose llevar por pasiones banales, o bien, la mayor de las veces, nuevamente delante de la ruleta, perdiendo todo lo acumulado, incluso generando enormes deudas.

El segundo: LA FALSEDAD.

—La dejación ética y moral de los protagonistas, su arrogancia, la hipocresía por las apariencias, la espera de herencias que nunca llegan, falsas amistades que únicamente buscan beneficio propio…

El tercero: SENTIMIENTOS AMOROSOS.

—Enamoramientos ambiciosos sujetos las más de las veces a intereses económicos… (Si no hay herencia no hay matrimonio). Vanidades y humillaciones se entremezclan, diluyendo deseos amorosos, en ocasiones llenos de nobles sentimientos.

Alexéi Ivánovich sin entrar en valoraciones éticas acerca de los demás, narra su propia visión de los acontecimientos. Sufre o disfruta en función de si la ruleta de la fortuna le ha ubicado en ese instante, en una u otra posición. Sutil, agresivo, morboso, siempre según interprete el entorno y se adapte a su propia ética.

Un personaje secundario (la abuela) al disponer de una gran personalidad, acapara un gran protagonismo en la novela.

La historia es poco descriptiva del entorno o el espacio. Un casino, un hotel, una habitación… y poco más. Es tan viva he intensa que no lo necesita. Se extiende mucho más (propio de Dostoievski) en describir la personalidad, los sentimientos y las contradicciones de los protagonistas.

Al final de la narración, Alexéi Ivánovich se halla tan en la ruina, que ganar unos pocos florines, produce en él tanta o más satisfacción que los cientos de miles conseguidos en tiempos pasados. Toda una metáfora de la decadencia individual y colectiva.

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(Fiódor Mijailovich Dostoievski; Moscú, 1821 – San Petersburgo, 1881) Educado por su padre, un médico de carácter despótico y brutal, encontró protección y cariño en su madre, que murió prematuramente. Al quedar viudo, el padre se entregó al alcohol, y envió finalmente a su hijo a la Escuela de Ingenieros de San Petersburgo, lo que no impidió que el joven Dostoievski se apasionara por la literatura y empezara a desarrollar sus cualidades de escritor.

A los dieciocho años, la noticia de la muerte de su padre, torturado y asesinado por un grupo de campesinos, estuvo cerca de hacerle perder la razón. Ese acontecimiento lo marcó como una revelación, ya que sintió ese crimen como suyo, por haber llegado a desearlo inconscientemente.

En 1849 fue condenado a muerte por su colaboración con grupos liberales y revolucionarios. Indultado momentos antes de la hora fijada para su ejecución, estuvo cuatro años en un presidio de Siberia.

La presión de sus acreedores lo llevó a abandonar Rusia y a viajar indefinidamente por Europa junto a su nueva y joven esposa, Ana Grigorievna. Durante uno de esos viajes su esposa dio a luz una niña que moriría pocos días después, lo cual sumió al escritor en un profundo dolor. A partir de ese momento sucumbió a la tentación del juego y sufrió frecuentes ataques epilépticos. En 1866 publicó El jugador

 

 

-Julio – (LA MADRE)

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SINOPSIS:

Pelagia Vlasov (La Madre) acompañada de un marido borracho y maltratador, en su vida no ha conocido otro entorno que el de la miseria, sufre sus desgracias en silencio, sin esperanza, de puertas para adentro.

Pavel, el hijo del matrimonio es un joven audaz e inteligente, implicado sin descanso en la revolución contra la dictadura zarista y preso a su vez de la incomprensión familiar, con un padre abotargado y una madre consciente pero temerosa de la represión policial hacia su hijo.

Fallecido el marido y Pelagia liberada de los fuertes condicionantes matrimoniales, inicialmente con temor, finalmente con decisión y amor, termina asumiendo como propias las ideas y acciones revolucionarias de su hijo. Admite y ayuda a realizar en su propia casa reuniones prohibidas de Pavel y sus camaradas, a elaborar propaganda clandestina y esconder o proteger libros censurados.

Detenido en la manifestación del 1º de mayo y desterrado el joven Pavel a Siberia, La Madre sentirá la llamada del compromiso, la necesidad de hacer causa común con los deseos truncados de su hijo. Distribuirá propaganda clandestina, ayudará a los camaradas de Pavel a continuar la lucha. Descubrirá las grandezas de una vida y unos sueños cargados de dificultades, pero a su vez, llenos de esperanza y confianza en el futuro. Con sencillez, con humildad, pero también con orgullo, deberá hacer frente a los métodos represivos de la policía zarista que inevitablemente sobre ella, también recaerán.

FRASES EXTRAÍDAS DE LA NOVELA:

“¡El miedo! ¡Eso es lo que nos pierde! Y los que mandan sobre nuestras vidas se aprovechan de nuestro miedo para asustarnos aún más.”

“Que de un lado te partan la cara y de otro te laven los pies… ¿Es que no hay punto medio?”

“Todos amamos lo que sentimos próximo, ¡pero para un gran corazón también lo lejano está cerca!”

 “La avaricia, la maldad y la mentira, esos tres monstruos que han socavado y amedrentado al mundo con la fuerza de su cinismo…”

“Así es la vida. Yo lucho contra ella, no la quiero tal como es.”

“El corazón joven siempre está más cerca de la verdad…”

“Una sociedad que sólo vea al hombre como un instrumento para el enriquecimiento es una sociedad antihumana, algo que nos es hostil, y por tanto nunca podremos aceptar su moral, falsa e hipócrita. El cinismo y la brutalidad que muestra hacia el ser humano nos repugnan tanto, que luchamos y lucharemos contra cualquier forma de servidumbre…

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MÁXIMO GORKI (1868 – 1936) Escritor ruso, comprometido con el movimiento revolucionario soviético. Cinco veces nominado al premio Nobel de literatura. Debido a su amistad con León Tolstói y Antón Chéjov, llegó a escribir sus memorias. Elegido en 1902 académico de honor de la literatura rusa, el zar Nicolás II, ordenó su anulación. En protesta, Chéjov abandonó la academia.

Ese mismo año 1902, Gorki da inicio a la inspiración de su novela cumbre (La Madre), motivada en la manifestación del 1º de mayo en su ciudad natal Nizhni Nóvgorod, allí conocerá al dirigente socialdemócrata Piotr Zalómov y a su madre Anna Kirilovna, rusos de carne y hueso e inspiradores de los personajes de ficción Pelagia y Pavel. (Anna Kirilovna no es una excepción, podría mencionar decenas de nombres de madres que fueron juzgadas en unión con sus hijos) Llegó a mencionar Gorki en una carta.

Durante su estancia en Nueva York en 1906 y debido a su exilio, inicia la escritura de La Madre, terminando la novela en Italia, en la isla de Capri. Su primera publicación es en inglés, editada en tres números correlativos de la revista neoyorkina Appleton Magazine. De 1907 hasta 1917 en Rusia verá la luz, pero siempre mutilada por la censura.

 

 

 

Junio – (DE RATONES Y HOMBRES)

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SINOPSIS:

Dos trabajadores del campo en California durante la Gran Depresión, George Milton, un hombre inteligente pero sin formación, y Lennie Small, un hombre de gran estatura y fuerza, pero limitadas habilidades mentales, están en camino hacia la otra parte de California, «Soledad». Esperan cumplir algún día el sueño compartido de tener sus propias tierras y sus propios animales.

En plena era de la depresión norteamericana, y a pesar de las pocas esperanzas de conseguir trabajo debido al retraso mental de Lennie, son contratados en el Rancho Tyler. Ven cómo su vida progresa a pesar de la estricta supervisión de Curley, el desagradable hijo del jefe. Desgraciadamente su mundo se tambalea cuando la insatisfecha esposa de Curley se convierte en víctima inocente de la compasión de Lennie, forzando a George a decidir entre su amistad o él mismo.

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Entre su legado, John Steinbeck, autor también de la gran novela “LAS UVAS DE LA IRA” y llevada al cine en 1940 por John Ford, nos dejó esta maravillosa historia cargada de humanidad y drama entrelazados.

DE RATONES Y HOMBRES es una novela sincera y de relato asequible, fácil de leer. De una sentada pueden caer sus poco más de 160 páginas. Una historia exenta afortunadamente de grandes épicas, moldes innecesarios que muestran la capacidad del autor para llegar a lo más profundo del sentimiento humano.

John Steinbeck utiliza palabras sencillas, nada rebuscadas ni de difícil interpretación. Consigue poner en nuestras manos un relato cargado de amistad, herramienta imprescindible en ese transcurrir nublado de la tragedia de Lennie y George, principales protagonistas. Amistad llevada hasta las últimas y dramáticas consecuencias, alejando la resolución final de convencionalismos al uso, falsos y edulcorados las más de las veces.

Y como contrapunto, quizás porque la vida así lo expresa, relato también cargado de personajes soberbios y vanidosos. Transgresiones o vilezas, que el autor desea resaltar a la hora de exponer los distintos claroscuros de una sociedad y un país, inmersos en la terrible depresión, no solo económica.

De RATONES Y HOMBRES, también fue llevada al cine en 1992, interpretando John Malkovich el papel del inocente Lennie.

 BLOG LITERARIO

UN TROLL ANDA POR MI CASA

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UN TROLL ANDA POR MI CASA

Y por la tuya, y por la del vecino, hasta por la de mi abuela, que bastante tiene con sufragar el tiempo disfrutando de sus recuerdos.

Ni tu ni yo, nadie podemos escapar a la vorágine, a la insaciable voluntad de globalizar su omnipresencia, de ser esa estúpida noticia que de un tiempo a esta parte, día sí y día también, con sonrisa fingida y bravucona, con gesto irritante, o con ensayada y mal interpretada bravuconería, todas las mañanas nos desayunamos. Un troll llamado Trump, ha entrado en mi casa, y en la tuya…

—Apaga la tele, desenchufa la radio, no leas la prensa, desconecta el wi-fi, libérate de los medios… y relájate; no te cabrees y disfruta. —Me recomienda un amigo.

Lo pienso, le doy cuatro vueltas, intento comprender y al final pregunto:

—¿Qué mire para otro lado, me quieres decir?

—¡Sí, sí, eso! Que le den, nosotros a lo nuestro, a vivir que son dos días. Además… ¿Qué podemos hacer? ¡Que se joda! ¡Como si no existiera! ¿Me entiendes?

—Claro que te entiendo. —Contesto.

La tentación es muy grande; expulsar al troll, evitar los senderos donde pueda cruzarme con él, salir a la calle y respirar el aire limpio de primavera, observar lo armonioso y esquivar los aguijones.

En esas estaba, cuando así, como de un soplo o un sopetón, como reclamándome algo de esa vieja conciencia casi olvidada, de algún pequeño y medio oculto almacenaje de neuronas, brotaron unas estrofas casi olvidadas de Martin Niemöller:

Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista”.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por los periodistas, y yo me quedé callado, pues no me interesaba enterarme de nada.

Luego vinieron por los homosexuales y yo ni siquiera quise enterarme, pues soy heterosexual.

Luego vinieron por los negros, pero como soy blanco, tampoco hice nada.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie al que le importara ni que quisiera hacer nada por mí”.

Pastor alemán encarcelado de 1937 a 1945 por el gobierno de Hitler.

¿Y ahora…?

En la era de las grandes tecnologías, de la comunicación inmediata, de los viajes interplanetarios… Ahora nuevas y estúpidas proclamas, alimenticias todas ellas de espíritus y voluntades faraónicas renacen y piden paso.

«AMÉRICA PRIMERO» y si no eres americano… (De USA, claro) al patio, al gallinero, allí donde no molestes, allí donde no desvirtúes los más sagrados sueños americanos, los del último pueblo elegido. Primero fueron los judíos, israelitas los llamaban; después fueron los alemanes, Arios los llamaban; ¿serán éstos, los nuevos mensajeros del bien contra el mal, la última generación de apocalípticos?

Quiero pensar que no, mejor aún, no lo creo. Quiero convencerme de que son más, muchos más los americanos (de USA, claro) que en nada de tiempo, harán primar la inteligencia sobre la ostentación de mala educación y zafiedad, esa de la que el nuevo troll presume y con la que me visita todos los días por la mañana. Es una esperanza.

Vladimir Merino

JUAN MADRID, ajustando cuentas con la transición.

JUAN MADRID

“PERROS QUE DUERMEN”

NUEVA NOVELA DE JUAN MADRID

Madrid, 2011. Juan Delforo, periodista y escritor, hijo de padres republicanos y con un pasado de militancia en la lucha antifascista, acude a un chalet de El Viso para recoger el legado de un hombre que no conoce y que acaba de morir. Se trata de Dimas Prado, un comisario, viejo falangista, que se relacionó en el pasado con los padres de Delforo y ha ejercido de protector en la sombra del joven disidente.
Burgos, 1938. Dimas Prado es encargado de la investigación del espeluznante asesinato de una jovencísima prostituta a manos de un jerarca del  bando nacional. La investigación, que tendrá por objeto borrar cualquier rastro del crimen, permitirá relanzar la carrera policial de Dimas Prado, que cuenta con la ayuda del siempre fiel Guillermo Borsa.
Málaga, 1945. El padre del protagonista, Juan Delforo, militar republicano que luchó en la Defensa de Madrid, es detenido y condenado a muerte. Dimas Prado intercede por él a cambio de una información fundamental para su futura carrera política y le permite un encuentro con su mujer, Carmen Muñoz, a la que le unían lazos nunca revelados.
¿Por qué el viejo comisario quiso como última voluntad que Juan Delforo heredara su historia?
¿Puede un novelista contarlo todo?
¿Qué verdades se esconden tras las lealtades ocultas de estos personajes?
Juan Madrid, en la que es su novela más ambiciosa hasta el momento, nos lleva a través de las páginas de “Perros que duermen” a aquella época sombría de la guerra y la posguerra civil, y a sus ecos en la construcción de nuestro presente. Una novela de intriga, inquietante y estremecedora, con personajes complejos, contradictorios y ricos en matices, que nos hará reflexionar sobre el género humano y sobre la necesidad de contar historias.

 

-MAYO (El Extranjero)

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La primera redacción de esta novela tuvo como título “La Muerte Feliz”.

Meursault es un joven que vive en Argel y cuya vida transcurre entre el trabajo y su apartamento, en un edificio anodino y unos pocos conocidos o amigos.

La primera parte nos sitúa ante un Mersault que asiste con indiferencia al entierro de su madre, fallecida en un asilo y continuando después su vida con normalidad, como si nada hubiera ocurrido. El tórrido y caluroso sol de Argel, asfixia a los pocos acompañantes durante el recorrido hasta el cementerio.

Las relaciones con María (amante) son normales, también lo son con Raimundo, su vecino; con este último se inician de una manera algo abrupta pero cotidiana. Y quizás por apatía, quizás para romper la espesa monotonía, lo llevan a compartir problemas, escribiendo una carta a su amante que trae como consecuencia un conflicto sentimental, finalizado con un arreglo de cuentas en una playa entre Raimundo y el hermano árabe de su amante, al que Meursault termina asesinando con disparos de revólver. Todo casi casual, todo enmarcado en el protagonismo de alguien que podríamos definir como el antihéroe de una novela.

La segunda parte rompe con la vida más o menos desmotivada y falta de alicientes, mostrándonos a un Meursault detenido y llevado a la justicia. El juicio estará bañado de reflexiones sobre la vida y la muerte, sobre el bien y el mal; conceptos tremendamente manipulables, distorsionando las cualidades humanas del reo, siempre al servicio de un ambicioso fiscal. Éste, tergiversará los hechos y la trayectoria o vida personal del detenido, donde tras un largo proceso, se determinará la condena a pena de muerte.

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La novela se lee de un tirón; es corta en páginas, pero no exenta de contenido. Todo lo contrario. Albert Camus posee la virtud de saber condensar su narración, eludiendo o evitando magistralmente los rellenos o exposiciones, tantas veces innecesarios, como monótonamente aburridos.

Albert Camus: siete de noviembre 1913 – cuatro de enero 1960

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