H. G. Wells, narrador de grandes obras literarias, entre otras «La guerra de los mundos», «La isla del doctor Moreau» y «La máquina del tiempo», examina en un pequeño relato de apenas veintidós páginas la vida en un ficticio y perdido rincón de los Andes. Lo hace con la siguiente cautela: «En el país de los ciegos ¿la visión es un don o una condena?

Veamos un adelanto, una pequeña sinopsis sin descifrar el final:

A quinientos kilómetros o más de Chimborazo, a ciento cincuenta de las nieves de Cotopaxi, en las más agrestes latitudes de los Andes ecuatorianos, se halla un misterioso valle que con el tiempo se dará en llamar «El País de los Ciegos».

A él llegaron unos hombres, una o dos familias de mestizos peruanos huyendo de la lujuria y la tiranía de cierto gobernador español. Luego se produjo la formidable erupción del Mindobamba, cuando se hizo de noche en Quito durante diecisiete días…

…Una cara entera de la cresta del viejo Arauca se desgajó y cayó con gran estrépito, aislando para siempre el País de los ciegos… El nuevo valle contenía todo cuanto el corazón humano podía desear: agua dulce, pasto, clima suave, tierra fértil…

Solo una cosa empañaba su felicidad. Una extraña enfermedad había caído sobre ellos, dejando ciegos a todos los niños nacidos allí, incluso a algunos de más edad. En aquel tiempo los hombres no pensaban en gérmenes e infecciones, sino en pecados. Los viejos se volvieron medio ciegos, los jóvenes veían borrosamente, y sus hijos nunca vieron nada. Aun así, la vida era fácil en aquella cuenca bordeada de nieve en las alturas y apartada del mundo; sin zarzas, sin insectos malignos y sin más animales que la mansa estirpe de llamas… Incluso tuvieron tiempo de, sin verlo, adaptarse al control del fuego.

Al principio eran gentes sencillas, incultas, tocadas solo ligeramente por la civilización española, pero con algo de la tradición artística del antiguo Perú y de su filosofía perdida. Se fueron sucediendo las generaciones. Olvidaron muchas cosas, inventaron otras muchas. En todo excepto en la vista eran fuertes y capaces… Llegó un día en que nacieron los niños separados por quince generaciones de aquellos primeros que llegaron al valle. En tales parajes, producto del azar arribó a aquella comunidad un hombre del mundo exterior, un montañero de la región de Quito. Lo hizo sin saber que llegaba «al País de los Ciegos».

Núñez —que así se llamaba el visitante—, descubrió un exuberante prado verde, sembrado de un sinfín de hermosas flores, regado con esmero y con muestras evidentes de ser cultivado palmo a palmo… Cercano al poblado vio un grupo de hombres y mujeres descansando sobre pilas de hierba, como si estuvieran durmiendo la siesta. Para hacerse ver lanzó un poderoso grito que resonó por todo el valle. Tres hombres giraron sus cabezas, Núñez gesticuló ostensiblemente, pero ellos no parecieron verlo. Nuevos gritos y gestos inútiles; la palabra «ciegos» fue lo primero que le vino a la mente.

—Un hombre —dijo alguien en un español apenas reconocible—. Es un hombre, hombre o espíritu que baja de las rocas.

Núñez les saludó cortésmente. En su pensamiento tomó cuerpo y no sin cierta ambición el conocido dicho de: «En el país de los ciegos el tuerto es el rey». Vengo de las montañas —dijo—, de la región que está más allá de donde los hombres pueden ver. De Bogotá, una ciudad mucho mayor que vuestra aldea, vengo del gran mundo, donde los hombres tienen ojos y ven.

—¿Ver? —murmuro uno de los ciegos llamado Pedro— ¿Vista?

Tras catorce generaciones, para esa gente, ciega y aislada, todo lo relativo a la vista se había disipado, la historia del mundo exterior se había transformado en un cuento infantil. Con oídos y yemas dactilares cada vez más sensibles habían creado para sí nuevas imaginaciones… Sus sentidos se habían agudizado increíblemente; podían oír y analizar el menor gesto de un hombre a doce pasos de distancia. Hacía mucho tiempo que la entonación había sustituido a la expresión corporal y el tacto al gesto. Su olfato era extraordinariamente fino.

El más anciano de los ciegos explicaba a Núñez la vida, también la filosofía y la religión del mundo (es decir, su valle), donde las llamas eran seres poco desarrollados, con el sentido del tacto apenas utilizado. Le habló de los ángeles cuyos sonidos y gorgojeos podían oírse, pero a los que nadie podía tocar. Núñez pensó en los pájaros.

Siguió narrando que el tiempo se dividía en calor y frio. Núñez comprendió que para los ciegos era el equivalente a el día y la noche; que era conveniente dormir durante el calor y trabajar durante el frio.

Aquella gente —observaba Núñez— llevaba una vida sencilla y laboriosa con todos los ingredientes de virtud y felicidad. Se afanaban pero sin abrumarse; disponían de ropa y comida suficiente…, daban gran importancia a la música y a las canciones y había amor entre ellos. Aun así, intentó varias veces hablarles de la vista y sus ventajas.

—Escuchadme, hay cosas en mí que no comprendéis.

Habló de la belleza de las montañas, del firmamento, de la luna llena, de sus estaciones menguantes y crecientes, del amanecer, de los bellos atardeceres…, y le escucharon con divertida incredulidad. Ante su persistencia y cierto grado de arrogancia o superioridad, recordando que «en el país de los ciegos el tuerto es el rey», el veredicto terminó siendo reprobatorio. Cuando afirmó que el mundo no tenía ni fin ni techo como ellos suponían, dijeron que sus ideas eran perniciosas.

No tardó en descubrir una realidad abrumadora; en un mundo diseñado por y para ciegos, la vista no tiene valor. No hay palabras para los colores, no hay expresiones o conceptos para las estrellas. Para los habitantes del valle, las descripciones de Núñez no eran más que delirios de una mente enferma, entelequias que debían ser eliminadas.

Su comportamiento, su atraso en el uso de los sentidos lo consideraban una prueba de inferioridad general, incluso una enfermedad necesaria de curar. Si a ellos los ojos no les servían para nada, acaso ahí residía la dificultad, el atraso del forastero. Tal vez con una intervención quirúrgica…

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Estando libre de derechos de autor, aquí tienes el enlace de descarga en formato PDF de «El País de los Ciegos» por H. G. Wells

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