Siendo las obras indicadas al final del texto una minúscula pero significativa muestra de la realidad, en uno u otro momento de su historia han estado prohibidas, relegadas a la oscuridad. Tú, lector, apasionado de los relatos, de las fábulas y paisajes retratados en esos pequeños cofres que son los libros, de seguro, en más de una ocasión han recalado en tus manos dejándose saborear por la lectura, narraciones ilícitas en algún tiempo o lugar. Libros que, como emisarios del pensamiento, transportando de aquí para allá la magia de las palabras escritas, han necesitado estar ocultos, protegidos de los bárbaros del pasado o del presente, de esos que aun siendo prescindibles, por una u otra fuerza estúpida y oscura, nunca faltan. Tú, lector, de seguro, en el pequeño anaquel de tu casa, incluso sin saberlo, posees alguno de esos libros condenados, clandestinos en alguna circunstancia. Si es así, cuídalos, trátalos con el cariño que, ante las negras tormentas del inquisidor se merece un fiel compañero. Sin tapujos, con la cabeza bien alta muestra tu orgullo ante el mundo por dar cobijo a un superviviente, a un prófugo de las veleidades justicieras de los tiranos; por poseer en tu pequeña biblioteca (hermosa cueva del tesoro), uno o varios cofres en algún tiempo proscritos, y que hoy, gracias a ti, a la espera de ser leídos o releídos, pueden descansar o volar libres cual palomas mensajeras. El camino no ha sido fácil. Hurguemos en un botón de muestra:

Tras conseguir un nada desdeñable 33% de votos en las elecciones de noviembre de 1932, Adolf Hitler asumía la cancillería. Joseph Goebbels era nombrado ministro de propaganda. Este, de inmediato puso en acción un ambicioso plan de ‘regeneración cultural’, definido con el flamante «Aktión wider den undeutschen Geist», para entendernos «Acción contra el espíritu anti alemán». De esa ‘caja de pandora’ brotaron los males que arrastraron a Europa con las consecuencias ya conocidas. De ella emergían los odios hacia los libros y la literatura incómoda para sus fines.

Por orden de Joseph Goebbels se elaboró una lista negra de más de doscientos autores de lengua alemana, de la que bien se puede destacar a: Elías Canetti, Thomas Mann, Walter Benjamin, Albert Einstein, Bertolt Brecht, Sigmund Freud, Franz Kafka, Karl Marx, Rosa Luxemburgo. También, escritores extranjeros como Ernest Hemingway, Jack London, John Dos Passos, Máximo Gorki, Lenin, Isaak Bábel, León Trotski…, (estos dos últimos corrieron suerte similar durante las purgas de Stalin).

Todos sin excepción quedaron proscritos. Comenzaba en Alemania la caza del libro, la extinción de miles y miles de palomas mensajeras. En la Europa culta se abría la era del pensamiento único, del pensamiento dirigido, sin ropajes, sin matices —o conmigo o contra mí—, sería la máxima a aplicar por quien se presentaba ante los suyos con el siguiente mandato: «Debo cumplir con mi misión histórica y la cumpliré, porque la Divina Providencia me ha elegido  para ello»[1].

Habiendo sido Adolf Hitler autoproclamado el ‘elegido’,  Joseph Goebbels asumía el papel de halcón ejecutor; la noche del 10 de mayo de 1933, con la grandilocuencia del cínico, divulgaba lo que a continuación estaba programado.  En esa noche de akelarre, noche de hogueras y gasolina, preludio de la ‘noche de los cristales rotos’[2], también del holocausto que se anunciaba, en Alemania ardieron cientos de miles de libros. Cual piras funerarias alimentadas con el combustible del odio y la sin razón, esa noche ardieron siglos de evolución, de conquista de la luz ante la oscuridad, Atila recuperaba territorio perdido. La ilustración ofrecía vasallaje a la esquizofrenia, la inteligencia cerraba sus puertas siendo confinada al inframundo de Hades.

Por orden de Joseph Goebbels, entre las 20:30 y las 22:00 horas, en los auditorios de las universidades se debatiría la acción y, a esa segunda hora, con antorchas encendidas, se trasladarían los libros hasta el lugar donde, con el fuego purificador, deberían ser eliminados. Miles de estudiante participaron de este ultraje a la condición humana, cientos de catedráticos y rectores de universidad, por una u otra convicción o causa, esa noche, elevando a auténtico el género literario de Ramón de Valle-Inclán con sus esperpénticos y grotescos personajes, borrachos de convicción o de miedo (que de todo habría entre catedráticos y rectores), vitorearon las fogatas anunciadoras de la mayor tropelía literaria jamás conocida en la historia del ser humano.

Hogueras en Berlín, Bonn, Hannover, Dresde, Fráncfort, Múnich, Núremberg, Hamburgo, Colonia…, así hasta veintiún grandes ciudades anunciaban el nuevo orden.

 Anoto a continuación una diminuta selección de libros víctimas de la censura en uno u otro lugar, y que tú, lector, con orgullo, como si de un tesoro se tratara, quizás desconocedor de su pasado, albergas en tu casa varios de esos cofres:

«Rebelión en la granja», «Fahrenheit 451», «La Regenta», «La Colmena«, «Adiós a las armas», «Lazarillo de Tormes», «Si te dicen que caí», «El origen de las especies», «Los miserables», «Código da Vinci», «El arte de amar (de Ovidio)», «Los Versos Satánicos», «Harry Potter y la Orden del Fénix », «La Odisea», «Las Uvas de la ira», «Matar a un ruiseñor», «Un mundo feliz», «El amante de Lady Chatterley», «El guardián entre el centeno», «Doctor Zhivago», «Un día en la vida de Iván Denissovich», «La Metamorfosis», «El color púrpura», «El origen de las especies», «Las mil y una noches», «Lolita», «El Principito», «El señor de los anillos», «Las aventuras de Tom Sawyer», «El diario de Ana Frank», «La Enciclopedia (de Diderot), «Madame Bovary»,…


[1] Adolf Hitler, 12 de febrero de 1938

[2] Noche de los Cristales rotos del 9/10 de noviembre de 1938

Un comentario sobre “-LIBROS CONDENADOS

  1. ¡Muy bien Vladi!
    Como tesoros guardo más de uno.
    Curiosamente, los más perseguidos se encuentran entre mis favoritos.
    Le pasará a más de un@.
    Un abrazo.

    Me gusta

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