En un tiempo de canícula, en un camino que sube y baja según va al recorrido, caminando por los altos de Jalisco, por la aridez de suelo mexicano, Juan Preciado se dirige a Comala en busca de su padre, Pedro Páramo. “Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera” …/… “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro” —reivindicaba la madre en el lecho de muerte.

Comala es un pueblo empobrecido, miserable podría decirse; despoblado de mortales —ni perros vagabundos quedan—, si acaso allá por los quiebros, fantasmas y muertos inquietos queriendo hacerse escuchar. Un pueblo donde si los hubo tiempo atrás, hoy lo es sin árboles, los días de viento las hojas llegan arrastradas desde otros lugares. Comala es un pueblo marcado en un pasado reciente por la violencia política y caciquil, también por la ambigüedad del clero. El padre Rentería (así lo menciona Juan Rulfo) deambula entre la fe y la sumisión al poder de Pedro Páramo. Este, muerto o vivo, poseedor de la hacienda más próspera, se deja querer, cuanto más, odiar. A medida que el cacique es más amo, más de tierras y mujeres, más inhóspito se transforma el paisaje.  

No es histórica la novela de Juan Rufo, aunque sí narrada y poseída en un tiempo histórico. Emana de la revolución mexicana (1910-1920) y, sobre todo, brota o proviene de ese México post-insurrecto con la turbulencia Cristera (1926-1929)[1]. La fábula de Comala y sus habitantes, sus fantasmas, sus muertos sin vigencia del pasado, es la historia de quienes apenas tienen historia, de quienes deambulan sin destino, sin futuro, incluso sin presente. En “Luvina”, uno de los cuentos de Juan Rulfo de “El llano en llamas”, nos describe una escena que bien podríamos aplicar aquí, a Comala: “…donde han muerto hasta los perros y ya no hay quien ladre al silencio”.

Y, sin embargo, contra toda apariencia, contra los sin sentidos de la docilidad y los silencios, el relato del autor mexicano pone, otorga voz a quienes no la tienen. Contra todo entendimiento (aparente), reinventa el papel de los muertos como mensajeros del pasado, también como profetas por llegar.

Finalizando la novela, en una conversación entre dos ancianas, doña Fausta y doña Ángeles, sin apenas discernirse si vivas o fallecidas, señalando la primera la ventana donde siempre está prendida la luz, donde anida Susana Sanjuan, explica a su compañera:

“—…es el cuarto donde habita la mujer de Pedro Páramo, una pobrecita loca que le tiene miedo a la oscuridad. Y mire; ahora mismo se ha apagado la luz. ¿No será un mal suceso? …/… Tal vez haya muerto. Estaba muy enferma. Dicen que ya no conocía a la gente. Buen castigo ha de haber soportado Pedro Páramo casándose con esa mujer. Pobre del señor don Pedro.

—No, Fausta, Él se lo merece. Eso y más.

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En el año 2002, en una encuesta del Instituto Nobel de Suecia, dirigida a un centenar de escritores y estudiosos de la literatura, Pedro Páramo de Juan Rulfo fue catalogada una de las cien obras constituyentes del mayor patrimonio literario de la humanidad.

La novela ha sido traducida a más de treinta idiomas, con varias adaptaciones cinematográficas.

En España, la dictadura franquista no permitió su distribución hasta el año 1969, catorce años después de su publicación. A ver del censor, contenía narraciones inclementes de hechos y situaciones inmorales.


[1] Segundo enfrentamiento armado en México impulsado por la aplicación de la “Ley Calles”. La legislación buscaba hacer efectiva la separación Iglesia-Estado. Esta ley (1926) restringió el número de sacerdotes, prohibió el culto fuera de los templos, vetó los hábitos religiosos en público y cerró escuelas católicas. Los combatientes, conocidos como «cristeros», tomaron las armas bajo el lema “Viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe”

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