En un día de calor un turista alemán observa a un pescador recostado sobre la barca y sesteando, más tranquilo que un oso panda.
—¿Por qué no sigues pescando? —pregunta.
—Porque ya tengo lo que necesito —responde el pescador.
—Pero si trabajas más podrás comprar un barco grande, luego otro y otro. Terminarás haciéndote rico, y así, cuando seas millonario…, entonces sí, a descansar de verdad.
El pescador, algo atónito observa al turista y responde:
—¿De verdad cree usted que merece la pena todo ese esfuerzo para llegar aquí, donde estoy ahora?[1]
Naturalmente nuestro pescador (quizás de La Carihuela) no sería el Siddhartha de Hermann Hesse. Con ánimo de evitar confusión en la similitud, el protagonista del autor alemán tampoco sería Siddhartha Gautama —el Buda—, erigido por muchos en maestro espiritual.
Aunque con algunas similitudes con el pescador (quizás de La Carihuela), Hermann Hesse nos describe un personaje inquieto, filosóficamente dinámico. ¿Quién salvo las piedras y los estúpidos no inicia sus primeros razonamientos —ya desde niño— buscando el porqué de las cosas? ¿Quién salvo los descerebrados no busca en la vida el equilibrio permanente entre su ser y el mundo que lo rodea?

A través de Siddhartha, Hermann Hesse nos habla del despilfarro y de las carencias, del placer y de la abstinencia, de los caminos con destino y de las brújulas erráticas. Nos habla de la unión de los contrarios, de los diferentes, de esos que necesariamente se complementan y se necesitan. De la poca versatilidad de los atajos en la búsqueda del propio yo:
«…cierto es que el bebedor logra aturdirse y encontrar breves momentos de evasión y de sosiego; pero al final sale de su delirio y vuelve a hallar todo como antes; no ha ganado en sabiduría ni en conocimientos, ni ha subido peldaño alguno».
A nuestro Siddhartha, en su búsqueda del entendimiento y en una quizás insuficiente descripción, lo definiría algo así como «un espíritu errante de naturaleza inquieta», como alguien indisciplinado con las reglas del juego al uso. De joven abandona el plácido hogar familiar; no encuentra en él el porqué de la vida, de las cosas. Codo con codo con su amigo Govinda, explora paradero y refugio entre los samanas, monjes ascetas buscadores a través del ayuno y la meditación de la liberación espiritual. En ese tiempo, en ese viaje, el destino le ayuda a conocer al auténtico Siddhartha Gautama. La admiración por la paz que destilan las palabras de Buda, la plenitud espiritual que emana de su discurso debería ser suficiente para el encuentro con el «yo» buscado. Así lo es para el amigo Govinda, pero no para él. Admira, adora a Buda, entiende las proclamas de este en busca de la felicidad, pero… —siempre hay un pero razonado en la vida de nuestro héroe—, las considera insuficientes; su conocimiento está basado en palabras ajenas, en el devenir de otros. Siddhartha quiere, necesita más; saber es practicar, es vivir. De poco sirven las sabias palabras de Buda por verdaderas que sean, si no son complementadas con tu propia experiencia. Sería un equivalente a Santo Tomás para los cristianos.
Tras la casa paterna, tras los samanas y tras Buda, Siddhartha, insatisfecho con las respuestas religiosas y filosóficas, retoza y se enreda en el mundanal encanto del placer, del amor y la sensualidad, de la pasión por la riqueza, esperando acaso encontrar el complemento necesario para entender tanto a los demás como a sí mismo. En la convivencia conoce y disfruta con la bella Kamala; a la sombra del acaudalado Kamaswami asume como propia la ciencia de los lucrativos negocios:
«Descubrí junto a Kamala los placeres del amor; Kamaswami me enseñó a comerciar, acumulé dinero, lo malgasté, aprendí a amar a mi estómago y a lisonjear mis sentidos».
En la práctica del juego y el azar —tal vez emulando a Alekséi Ivánovich en la novela El Jugador de Dostoyevski—, Siddhartha aprende a dominarse y a dominar al adversario. Tras años de fruslería, de frivolidad, de vilipendiar la conciencia del ser existencial, algo se remueve en su interior. Aunque Siddhartha ama a Kamala y Kamala ama a Siddhartha, el goce prolongado por la pasión deriva en tedio, en vacío. Ese, y menos aún el de Kamaswami, entiende y asume que no sea su lugar. Precisa de otras fuentes, de otros caminos. En la necesidad busca otras sendas, otros espacios. Siendo consciente de que su vida es un transitar entre extremos: la espiritualidad y el deseo, la sobriedad y la voluptuosidad…, nuevamente recurre a la búsqueda del yo interior, a la senda de la humildad, a arrullarse en las aguas del «río de la vida».

Así, a orillas del río, tan real como metafórico, se reencuentra con un viejo conocido, el barquero; hombre llano, hombre sabio, hombre de palabra cultivada en el silencio. De él extrae la sabiduría del último viaje, de lo sencillo, de la fuerza de la humildad ante la soberbia, del desapego a lo mundano. Con su ayuda ha alcanzado la plenitud del conocimiento. En su migración de ida y regreso confía todo su ser, todo su bagaje a una única meta: la paz sustentada en la sencillez del barquero. Siddhartha ha conocido muchos mundos, muchas variantes de la naturaleza humana, y ha optado. Al final del relato, reemplaza al barquero en todos sus cometidos, incluso en la covacha donde se aloja. La paz que buscaba estaba en sí mismo, y la encontró.
Si Siddhartha alcanzara a conocer al pescador (quizás de La Carihuela), sin duda a él y al barquero, los hubiera considerado almas gemelas, almas de un mismo principio, de un mismo objetivo. Siddhartha necesitó de un largo recorrido para alcanzar la profunda sencillez del sabio y sereno pescador (quizás de La Carihuela).
[1] Adaptación de un relato breve atribuido a Heinrich Böll.
Muy interesante como todo lo que pone este blog
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