—Creo que voy a visitar Hendaya, a ver qué se encuentra por allí. Porque…, dinero hay poco, muy poco, pero aquí comida para comprar aún hay menos —comentaba Maite.

A Jacinto las ideas de su mujer siempre le daban un pelín de vértigo, aunque para ser sinceros, no mucho. Recordaba sus visitas al «otro lado» antes de la guerra de España.

—¿Y tú crees que allí estarán mejor las cosas? No te olvides que de la guerra con los alemanes han salido más tarde que nosotros.

—¡Ya, ya! Pero por lo que tengo entendido, los franceses no tienen el racionamiento de comida que tenemos aquí. Al menos tan estricto —respondía Maite.

Con el ánimo decidido regresaba a Hendaya. Un ligero y a la vez agradable cosquilleo agitaba su estómago. Intuía estar a dos pasos de poner fin a la monotonía, a esa vida con escasas fantasías y, si la osadía salía bien, sería su mayor aventura en tiempos tan poco halagüeños, tan oscuros. Aun no siendo fácil conseguirlo, Maite tenía el pasaporte en regla. Acaso ayudó el ser esposa de un empleado que por la naturaleza de su profesión se le requería poseerlo[1]. Aprovechó el trámite de su marido para conseguir el suyo.

En la parada fronteriza el vagón se encontraba casi vacío cuando dos guardias civiles ascendieron. La gran mayoría de pasajeros se habían apeado en Irún. A lo sumo —y para cruzar la frontera— cinco o seis franceses y dos o tres españoles. Aun así se tomaron su tiempo pidiendo y revisando los papeles. Maite sin moverse del asiento de madera entregó los suyos a requerimiento del agente. El hombre observaba la foto del documento girando la vista hacia la mujer; ella sonrió guardando silencio. Cuando ya creía que le iba a ser devuelto el pasaporte…

—¿A qué va a Francia? —preguntó con aridez y moviendo exageradamente los labios que sujetaban el fino y recortado bigote a imagen de la moda castrense del momento.

─Puesss… —Maite titubeaba, como si estuviera decidiendo la dirección a tomar de sus palabras. La pregunta le había pillado de sorpresa y aunque no tenía nada que ocultar, la cara de pocos amigos del guardia civil disparó su nerviosismo—. Puesss…, a dar un paseo.

Sin ánimo aparente de devolución, el agente retenía el pasaporte ya cerrado.

—¿Y no puede pasear por España?

A la par que mantenía tímidamente la mirada en los ojos del guardia, unos ojos escrutadores, Maite seguía refugiándose en el titubeo.

—¿Es que no le gusta España para pasear? —insistía el guardia civil.

—Bueno…, también quiero hacer algunas compras. Algo de ropa y comida, ya sabe.

—¡Ya, ya!

Sin mediar más palabras y tras unos segundos de silencio que a Maite le parecieron a perpetuidad, con aire de darse importancia el agente optó por devolver el pasaporte. Cincuenta metros más allá, el control realizado por los franceses resultó casi inexistente. A los diez minutos, Maite paseaba por las calles de Hendaya comprobando lo poco o casi nada que había cambiado la ciudad tras tantos años de tantas guerras.

Tenía verdadero interés por ver qué se podía encontrar en el mercado, cómo estarían los precios, si había suficiente oferta de productos. Alguien le informó que podía seguir pagándose en moneda española, eso estaba bien, pero…, sabía por experiencia que las comisiones de los comerciantes eran elevadas. Hizo una primera aproximación a una sucursal bancaria, prefería canjear unas pocas pesetas por francos. No muchas; tampoco las tenía, pero sobre todo deseaba empezar despacio y comprobar cómo resultaba, primero el paso por la frontera y segundo el margen de beneficio que podría sacar siendo tan pobres como eran todos en el vecindario. Conocía por experiencia que debía comerciar con productos baratos y, claro, que escasearan al otro lado, en su país. Aunque esto último, en realidad no era un gran problema, escaseaba todo, todo menos la miseria; menos la nube de mariposas que desde la hora del desayuno bailaba en el estómago de sus conciudadanos.

Finalmente regresó al tren con varias bolsas, ni grandes ni pequeñas, cargadas con algo de fruta, algo de verdura, algo de huevos, algo de pan rallado, algo de café (en España se mercadeaba con la achicoria y el torrefacto portugués), algunos yogures —por ahora, estos para mi niño, dicen que lleva mucho alimento, pensó—, algo de jabón, algo de macarrones, algo de… También algo de ilusión. Con los huevos, sabía que enfadaría a la competencia local; especialmente al señor Merino, ese propietario de una tienda de ultramarinos de la calle Viteri de Rentería; hombre no exento de imaginación que siempre atendía a la clientela enfundado en una larga bata de un gris oscuro. Mantenía colocado un vistoso cartel en el escaparate anunciando en mayúsculas su producto estrella. «PARA HUEVOS GRANDES Y FRESCOS LOS DE MERINO».[2]

—¿Qué lleva en esas bolsas? —preguntaba con modales menos autoritarios el mismo guardia civil que dos horas antes le pedía el pasaporte.

—Comida y algo de jabón…

—¿Nada más?

—Nada más.

—¿Le ha gustado el paseo?

Maite sonrió. Quería resultar agradable al agente, le iba en ello el trato futuro que pudiera recibir.

—En realidad, he paseado poco…, las compras, ya sabe… —y vuelta a sonreír.

El guardia se consideró —o así quiso interpretarlo la apelada — agasajado. No estaba acostumbrado a los buenos gestos, tampoco él se prodigaba en ellos. Era obvio que le resultaba agradable.

—Bueno, bueno…, que tenga buen día señora —y sin siquiera pedir el pasaporte, saludando con la mano al estilo militar, se despidió.

Considerando la primera aproximación de lo más satisfactoria, Maite no podía menos que sentirse entusiasmada. Después, y sabía de su dificultad, la venta de los productos sería el segundo desafío.

—Hay tanta pobreza aquí… Comentó con Jacinto a la hora de la cena. El resplandor de la luna clareaba entre las nubes.

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El estraperlo a pequeña escala abría sus puertas. El otro, el de los grandes negocios no tiene cabida en este relato.  


[1] Maquinista – conductor de El Topo; trenecillo que unía San Sebastián con Hendaya. Un servicio de transporte llamado de «vía estrecha» con veintiún kilómetros de desplazamiento y catorce túneles en su trayecto. De ahí su popular nombre.

[2] Los viejos del lugar sabrán de la veracidad de lo escrito.

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