» Provocador, burlesco, camorrista.
» Lenguaraz, satírico, polemista.
» Feroz, corrosivo.
» Cojo, miope de nacimiento.
Dados sus distintivos naturales, ya desde niño no debió serle fácil verse menospreciado. Transitaba por palacio sin discernir un burro a tres pasos, también pisoteaba regias alfombras remarcando el cojeo de unas piernas acentuadamente encorvadas.
No debió serle fácil —digo—, soportar pullas, burlas y sarcasmos de sus congéneres; estos, también criaturas de cuna palaciega o cercana.
De infancia solitaria, incluso de desgarrón afectivo hablan quiénes de él escribieron biografías.
Aun así…
Deberá decirse que tampoco es que estuviera carente de buen apadrinamiento y ascendencia. El padre, secretario de la reina Ana de Austria, cuarta y última esposa del Felipe II, y su madre siendo dama de la reina, es de presumir se codeaban con la noble alcurnia, facilitando con ello al niño en grado positivo el sobrellevar burlas y bufonadas adversas. Y es qué, puesto a ser tullido, mejor ser un tullido rico,
Añádase a esto último el espíritu nada dócil de la criatura y, siendo desde tierna edad persona de escasa subyugación ante terceros, en resueltas descubriremos al maestro de las sátiras y burlescos dichos. Lo haremos explorando los madriles del siglo XVII, en aquel tiempo que dio a ser llamado «Siglo de Oro».
Cerremos estos orígenes informando que nuestro cojo y cegato, apoyado en el apadrinamiento mencionado, llego al estudio de las letras y los idiomas varios con los jesuitas, lo hizo a través del Colegio Imperial San Pedro y San Pablo, terminando sus estudios en la Universidad de Alcalá. Y de ahí, a la calle, a la vida, a la búsqueda de mentideros, callejas y tabernas donde y sin ambigüedades, mejor terciara la polémica y el ingenio.
Nuestro hombre, con sus dones y defectos se hizo popular. Al igual que Sócrates dos milenios antes polemizaba y banalizaba al adversario; al igual que el griego trivializaba con las labores creativas de Aristófanes, nuestro Quevedo (porque a Francisco de Quevedo nos referimos), ninguneaba con pasión la personalidad de su coetáneo cordobés Luis de Góngora. Y lo hacía con el tono burlesco por todos conocido, lo hacía sin reparos y condicionantes estéticos. Veamos a través de uno de sus infinitos sonetos un ejemplo dedicado al poeta del barroco a la vez que capellán de la corte real en Madrid.
«Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.
…/…
No está escrito que llegara a conocer los casinos de las Vegas, dadas las fechas sería absurdo argumentarlo; aun así, si lo está que el afamado polemista debió ser un vehemente apostador, más si la apuesta se realizaba al calor de una tertulia tabernera.
—Diez reales —dijo— a que en público llamo coja a la reina sin que su majestad se sienta ofendida.
Dicho y hecho. En visita a palacio, todo protocolario y decoroso él, con dos ramos de flores siendo uno de rosas y el otro de claveles, sin mayores ni delicados subterfugios lingüísticos así se expresó:
—Entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja.
No ha quedado escrito cual fue la predilección floral de la reina. Se sabe que ante el agasajo y en agradecimiento real, su majestad sonrió. No siendo los diez reales ganados gran cosa, sí que lo era el placer del triunfo, el regodeo de quien con la palabra martillaba amigos y enemigos.

Mis lectores de relatos recordarán aquel de la Calle del Codo, donde tras largas horas de vaso y porrón, siendo habitual al trajín tabernario, acompañado quizás de pícaros, sicarios, gente de dudosa reputación…, consideraban de derecho para la obligada micción o evacuación de líquidos, recurrir a los muros cercanos de un convento, bien fueran encalados, o bien de ladrillo visto, que de todo habría en las fachadas del Convento de las Carboneras.
De tal angustia y desabrido olor debía ser el sufrimiento del mencionado vecindario, que alguno de ellos, dispuesto a poner fin a semejante agravio contra la salubridad y buena prensa de la calle, optó por el decoroso a la vez que cristiano recurso de dibujar en la pared un crucifijo, acompañado este del reflexivo mensaje donde se decía:
—No se mea donde hay una cruz.
Nuestro poeta, haciendo uso de la agudeza verbal propia de un carácter difícilmente domable, dispuesto además a no dejarse amedrantar por recursos de orden religioso, con un escrito adjunto al primero, replicaba:
—No se coloca una cruz donde se mea.
Quién sabe si nuestro héroe influenciado por compañías ajenas a valores patrios de los muy decorados palacios, quien sabe si por propia devoción, el caso es que, siendo lenguaraz al igual ante los muros del convento que ante los tapices del palacio real, pluma en mano y valiente él, dejó escrito en una servilleta depositada en la mesa donde satisfacía su almuerzo el rey Felipe IV, un satírico poema y según parece, no del gusto y agrado de su majestad.
En pocos pero bien hilvanados términos, Quevedo mencionaba la decadencia, la corrupción y los abusos de la corte. Solicitaba al rey que huyera de la tóxica adulación y escuchara más al pueblo.
Conocidas eran sus rimas donde, sin hacer distinción entre villanos y nobles, decía:
—No he de callar, por más que con el dedo, ya tocando la boca, ya la frente, silencio avises o amenaces miedo.
—Para ser rico, habéis de ser ladrón. Para ser valiente habéis de ser traidor, borracho y blasfemo (…) Si sois pobre nadie os conocerá, si sois rico no conoceréis a nadie…
Afrenta tras afrenta a orden imperial, al sacrosanto poder de la inquisición, y no sé a cuantos enemigos más, lo cierto es que, bien por el descaro de la servilleta, bien por todo lo demás y mucho de ello no mencionado en este pequeño relato…, por el «ordeno y mando» del conde-duque de Olivares, acumulador de más rencores que favores, Francisco de Quevedo pagó el atrevimiento. Cuatro años de cárcel purgó, los fueron en León, en el convento de San Marcos apropiado a tal fin entonces y, tres siglos después, tras la guerra de España, donde fueron recluidos prisioneros republicanos. Debe ser que tales lugares también acumulan memoria.
Tras expurgar agravios y pecados, ya en libertad y con la salud así-así, buscando el silencio en el retiro y no como castigo, por decisión propia optó por la reclusión definitiva en el convento de Santo Domingo de Villanueva de los Infantes.
Quizás es que ningún sobrado pudo —o mejor, quiso perdonar—, el atrevimiento, la valentía de, con alma de trovador, con vocación de satirizar las prebendas de los poderosos, dejar escrito para que en nuestro tiempo cantores tan afamados como Paco Ibañez, con su declamatoria y áspera voz, con el ritmo musical apropiado, en el recital del Olympia en París (1969) nos acercara a algunos de los entrañables poemas de Quevedo. Entre otros, dos muy relevantes:
—Poderoso caballero es don dinero.
—Pues amarga la verdad.
Sin las patrañas de los suntuosos, sin las lisonjas de los linajes y, por mérito propio, debería Francisco de Quevedo ser Grande de España. Y es que, entre sarcasmos y sonrisas, hasta el diseño de gafas de cristal redondo y sin patillas nos dejó de legado: “los Quevedos”.
Descanse en paz.