Mientras Abderramán III aposentado en la muy bella y noble Medina Azahara se debatía defendiendo de mil y una maneras al Califato de Córdoba y, por ampliación, a todo Al Ándalus —es decir, a casi toda la península ibérica más una parte del sur de Francia—, otros, poderosos ellos, ajenos y lejanos al califato y sus fecundas ciencias, otros —digo— deambulaban con sus haceres por lejanos territorios europeos. A más saber, por la Roma del Papa Juan XII, haciéndose allá por el año 955 el descendiente número ciento treinta de la larga lista de papas encabezados por el archiconocido San Pedro.
Esta crónica, que bien merece el estímulo de unas palabras dedicadas a tal papado, ha de servirnos para dar a conocer, o en el mejor de los casos, ha acercarnos a los bretes y diretes (que no fueron pocos) del joven Octaviano de Túsculo, llamado así en pila bautismal aunque pasado a la posteridad y con apenas cumplidos los 18 años, como el papa Juan XII. Eso sí, con el mérito de ser el más joven de los —hasta la fecha de esta crónica—, los doscientos sesenta y seis seguidores del fundador del linaje.
Veamos:
Corrían tiempos en que papas nombraban reyes y reyes nombraban papas. También en orden inverso, los unos descoronaban reyes y estos destituían papas. Galimatías perfecto al servicio de conspiradores y gente truculenta; individuos con amplios poderes e infinitas ambiciones. Inspiración a la más viva esencia del muy renombrado “Juego de Tronos”
Señalan las crónicas que el acaudalado y por entonces poderoso en Roma príncipe y senador Alberico II, no contento con sus prendas y ambicioso hasta en lo eclesiástico, ni corto ni perezoso, con los apaños apropiados, garantizó la proclamación papal de su joven vástago. Como ya he mencionado, dieciocho años tenía el pimpollo.
A elección de nuevo y pontificado nombre, Octaviano, inspirado en la buena prensa de San juan Apóstol y de San Juan Bautista, asumió como suyo el de Juan; para el caso, “papa Juan XII”. Y, sin embargo, como se verá, de poco sirvió tan afanosa disposición para ser aplaudido por la plebe.
Dicen también las biografías que dada la escasa experiencia religiosa del nuevo mandatario, dados los estímulos “primaverales” y acordes con la apropiada testosterona de un joven en plena pubertad, más dedicó su tiempo a apetencias terrenales que a la búsqueda espiritual de la salvación del alma.
Así…, “Según el Liber Pontificalis y el historiador ilustrado Ferdinand Gregorovius, el papa Juan XII convirtió el Palacio de Letrán en una suerte de hogar del exceso donde las concubinas, las fiestas de tradición pagana y los banquetes excesivos resultaban el pan de cada día. La educación de Juan XII en los ambientes propios de los nobles romanos hacía presagiar que el joven papa no predicaría con el ejemplo que correspondía a sucesor de San Pedro”. (NATIONAL GEOGRAPHIC, Luces y sombras de Juan XII, el Papa más joven de la historia).
Y es qué, de casta le venía al galgo. Su abuela Teodora Marozia (poderosa matriarca ella en la corte romana), en relación amorosa con el papa Sergio III dio a traer a este mundo y por orden cronológico, en primer lugar a quien sería el papa Juan XI (papa hijo de papa); así, en continuación de la estirpe, y como segundo vástago, al ya mencionado Albarico II, padre —como recordará el lector— del joven Octaviano. En este siglo X y no por falta de motivos y razones, la historia dio en llamar a dicho período el “gobierno de las concubinas”, también conocido como el de la “pornocracia”.
Regresando a nuestro joven papa, de justicia es mencionar sus pactos y trifulcas diversas con reyes y emperadores; en especial, aquel 2 de febrero del año 962 donde oficio la coronación del rey Otón I el grande y su esposa Adelaida, otorgándoles el título de emperador y emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico.

Otón I —también agasajado como “el Grande”— y con el honorífico título Rex et sacerdos (Rey y sacerdote), pronto ambicionó la mano de quien le daba de comer. Siendo así, y dando por acertado que “papas ponían reyes y reyes ponían papas”. Otón I, bajo la acusación de conducta poco honesta y alto deshonrosa para ser heredero de San Pedro, destituyó a su fiador. Con el necesario boato y apadrinado por el emperador, el trono de Roma —aunque por escaso tiempo—, resulto cedido a un tal León VIII. La trifulca entre papas estaba asegurada. El joven Octaviano tras numerosas batallas palaciegas, también de sangre y fuego, recuperó la mitra y el báculo. Es de reconocer que a pesar de su juventud no debió ser mal estratega, aunque, y quizás por exceso de confianza, no cubrió lo suficiente sus espaldas.
Algunas crónicas narran que un marido celoso y soliviantado a más no contener, tras descubrir infraganti a su esposa yaciendo con el papa, dio muerte a este a martillazos. Nada se menciona del destino de la adúltera. La otra versión recurrente entre historiadores y chismosos, y tan de fiar como la primera, nos sitúa al joven Octaviano con alguna debilidad cerebral, sufriendo un fuerte ataque apopléjico en pleno acto de entrega sexual. Sea como sea, si el hijo de Alberico II y nieto del papa Sergio III resultó ser el pontífice más lozano de la historia, tampoco debemos negarle el mérito de haber sido el más joven papa a la hora del último viaje. Fallecía en Roma a los veintisiete años.